martes, 9 de diciembre de 2014

El lugar donde se transformaron en dioses

 

Cuando aún era de noche,
cuando aún no había día,
cuando aún no había luz,
se reunieron,
se convocaron los dioses
allá en Teotihuacan.
Dijeron,
hablaron entre sí:
 - "¡Venid, oh dioses!
"¿Quién tomará sobre sí,
"quién se hará cargo,
"de que haya día,
"de que haya luz?"

Bernardino de Sahagún, Primeros Memoriales (s. XVI)

El misterio es tan antiguo que dudo mucho que entre los códices mexicas y mayas reducidos a cenizas por los frailes españoles hubiera algo más que leves pistas y alguna referencia mitólogica. Hacía más de ochocientos años que los arbustos cubrían las piedras de la fantasmagórica ciudad de los dioses. Decenas de pueblos habían tenido tiempo de caminar entre sus templos cubiertos de nopales y chaparros, en silencio, empuñando sus lanzas de piedra obsidiana. Los soldados y los comerciantes miraban a izquierda y derecha y se preguntaban si los centros ceremoniales de sus lugares de origen, esos en los que según los ancianos se honraba desde siempre a los Tláloc o Huitzilopochtli, no eran sino burdas copias de la antigua memoria de aquella ciudad. Los capitanes evitaban que los murmullos subieran de tono. Imagino a los sacerdotes intentando salir cuando antes de un sitio que hacía aflorar demasiadas preguntas. ¿Por qué lo que parecía el lugar más sagrado del mundo yacía en ruinas? ¿Dónde habían ido los dioses? Pero, en su interior, sólo se hacían la misma pregunta que todo aquél que ha estado allí después ha vuelto a plantearse:

¿Quién construyó Teotihuacan?


Se puede preguntar en el centro de los trece templos de la Ciudadela. O mirando a las plumas de piedra del dios Quetzalcoatl en su escalinata. Se puede plantear como un pensamiento ante la sucesión de plazas amuralladas de la Calzada de los Muertos, o meditar desde la cima de la pirámide del Sol, o susurrar en voz baja frente a la de la Luna, para que te oigan en todos los templos de alrededor por la casi milagrosa acústica del lugar. Lo mismo da, no habrá respuesta. Los ojos de los dioses representados en la oscura sala del museo de sitio esconden su secreto.

Los mexicas (tradicionalmente llamados aztecas), superados por lo que veían cuando la visitaban en el siglo XV, formularon una leyenda y le dieron un nombre náhuatl a la ciudad, Teotihuacan, el lugar donde nacieron los dioses, o donde los hombres se transformaron en dioses. El Sol, la Luna, el principio de todo. No podría ser de otra forma. Los mexicas se encontraron con la ciudad más de cinco siglos después de su ruina. En realidad, no se sabe su nombre original, ni la lengua que allí se hablaba, ni de dónde vinieron aquellas gentes.  Por supuesto hay teorías, y se han desarrollado muchas ideas sobre sus posteriores migraciones. Pero en el tremendo follón en el que se entrecruzan las culturas mesoamericanas con una datación muy difusa, no está muy claro quién influenciaba a quién en cada época. La idea de que Teotihuacan fue el principio de todo parece tan mitológica como arqueológica, por una vez.


Nunca, desde que fue construido el Coliseo, faltó en Roma quien escribiera una crónica de cada guerra y de cada desastre. Se cree que Teotihuacan fue construida en ese mismo momento, aunque en el valle de las pirámides, sin embargo, la cadena se rompió durante más de un milenio, las lenguas evolucionaron y ahora hay que mendigar entre los glifos mayas del Yucatán para intentar identificar el dibujito con el que se representaba el nombre de la antigua gran capital (el comercio, las influencias arquitectónicas y los mitos relacionan ambas culturas). Seguramente, para cuando cayó la ciudad, su creación fuera ya un mito perdido en el tiempo.

Desde lo alto de la pirámide del Sol, cada vista se merece todo el rato que se le pueda dedicar. Con los pies colgando sobre la pared inclinada, se te olvida tu siglo y la guía que leíste. ¿Cuándo, quiénes, cómo, para qué? ¿A qué dios se dedicaría cada una de las decenas de pequeñas pirámides? ¿Se usaban todas? ¿Cuántos miles de personas vivían allí? ¿Qué fue lo que les llevó a elevarse por encima del resto de su continente, a ser las primeras personas, en aquella rama americana de la humanidad, en levantar semejantes monumentos? El (malérrimo) documental antiguo de National Geographic sugiere que una construcción extraordinaria necesitó un acontecimiento extraordinario: quizás una erupción volcánica hizo emigrar a todo un pueblo, que construyó santuarios con forma de volcán para protegerse de la ira de la naturaleza.

La cabeza da todavía más vueltas al mirar desde la más pequeña pirámide de la Luna, viendo de frente la larguísima Calzada de los Muertos, dos kilómetros de templos, pirámides y palacios en ruinas y, sobre todo, la pirámide del Sol. La tarde se hace vieja allí sin que te des cuenta, los rugidos de los jaguares (de cerámica, soplados por los vendedores ambulantes) se van alejando y tú te preguntas si el resto de los días que te quedan de viaje los puedes pasar subiendo a aquel mismo sitio y dejando irse el día. Por la noche, mejor volver a las luces de México. Sólo Napoleón se habría atrevido a dormir entre los oscuros ídolos de la ciudad sin nombre. Que se traiga a Champollion.

lunes, 8 de diciembre de 2014

La ciudad daleá

To esto era agua
Guadalajara en un llano, México en una laguna. La canción está un poco desactualizada, porque de la laguna que fue México solamente van quedando charquitos, aunque también esas pequeñas venganzas que se cobra la naturaleza cuando la putean de más. A saber: cuando llegaron los españoles, México-Tenochtitlán era una especie de Venecia construida en una isla sobre el lago de Texcoco. No os confundáis con la escala del mapa: la ciudad ocupa actualmente todo lo que era agua, con la excepción del trozo oriental del lago.

Una vez conquistado todo el territorio, y en vista de las inundaciones que cada equis tiempo echaban a perder cosechas, palacios y viviendas, los virreyes, que no sabían administrar los viejos sistemas de gestión del lago empleados por los mexicas (que probablemente también las pasaban canutas, eso sí), decidieron desecar toda la cuenca lacustre que ocupaba lo que hoy es el enorme territorio de la ciudad de México.

Sin embargo, no todo iba a ser tan fácil. Los mexicas se habían dado cuenta de que el terreno sobre el que construían era una verdadera caca. Tenían que meter troncos de ahuehuete a modo de cimientos antes de poder construir nada. El gigantesco Templo Mayor se les hundía un poco cada año, de modo que la costumbre mesoamericana de construir pirámide nueva sobre pirámide antigua cobraba además la utilidad de recuperar la altura perdida por la inestabilidad del terreno.

Los españoles debieron de darse cuenta pronto de que media ciudad estaba inclinada, vencida o, como decimos en el sur, daleá. Hay plazas enteras, como la de Santo Domingo, que tuvieron que ser reconstruidas cuando los regidores se cansaron de poner parches cada cinco o diez años. Lo que pasa es que hay determinados edificios con los que eso no resulta tan sencillo. Como por ejemplo, la Catedral.

Si la inmensa mole de la Catedral de México decide empezar a hundirse en la tierra, no hay muchas cosas que puedan hacerse. Y lo decidió hace tiempo, especialmente después del terremoto de 1985. En la foto se ve cómo las columnas de distintas partes de la iglesia, en la misma nave, se inclinan hacia lados distintos. Se quieren levantar partes de la Catedral con sistemas hidráulicos, pero cualquiera entiende que no resulta una tarea fácil.

Aunque desde luego, lo más impresionante que hemos visto en inclinaciones de iglesias es la antigua basílica de la Virgen de Guadalupe. Algún día subiremos fotos de la nueva, que es tan fea que hace llorar a las cebollas (pero la quieren), y el motivo principal de que se construyera en los años setenta fue que la antigua estaba para venirse abajo en cualquier momento. No hay más que comparar la fachada con el edificio de detrás, o con Mari y Sac, que están perfectamente verticales porque todavía no habíamos probado el mezcal esa mañana.

Y no son los únicos sitios, pero son los únicos de los que tengo foto. Muchas capillas e iglesias por toda la ciudad tienen el mismo problema, y no tiene fácil solución. En todo caso, cuando hicimos una visita a esos sitios, tratamos de hacerla más bien rapidito. Por lo que pudiera ocurrir.

Feliz semana.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Tlachihualtépetl: la montaña que no lo es

Panorámica del cerro. A la izquierda, el Popocatépetl humeante.
Pero lo parece. El mismo final de la palabra náhuatl, -tepetl, significa montaña. Realmente se trata de un cerro, con su vegetación y con su santuario en lo alto, dedicado a Nuestra Señora de los Remedios, que se eleva sobre el pueblo de Cholula (estado de Puebla). En un detalle que cualquier ojo cordobés interpretaría como un guiño a su tierra, el santuario tiene hasta un pocito milagroso en una de las laderas. Sin embargo, los conquistadores castellanos sabían la historia desde el minuto uno:

Parecen ser cosa increíble dezir que son edificados a mano, y cierto los son, porque los que los hizieron entonces eran gigantes, y aun esto se ve claro en el cerro o monte de Cholollan, que se ve claro estar hecho a mano, porque tiene adobes y encalado.

Tal cosa decía el fraile Bernardino de Sahagún en su "Historia de las Cosas de la Nueva España". Tlachihualtépetl significa, en efecto, "montaña hecha a mano". Y no es una montaña cualquiera. La gran pirámide de Cholula es considerada por muchas fuentes como el monumento más grande construido por el hombre en la antigüedad. No es tan mediática porque en realidad, lo que se ve, es un montón de tierra. Pero despojada de su vegetación, recupera su capacidad de impresionar. Aquí está la mayor pirámide del mundo:


Visto así, el santuario queda bastante empequeñecido. El que quiera documentarse más, tiene Wikipedia y otras fuentes que se contradicen continuamente entre sí, pero la idea básica es la de un gran complejo ceremonial que fue creciendo desde el siglo I hasta el X a base de construir sobre lo ya construido, levantando una especie de pirámide con un núcleo de adobe y paredes de piedra sobre otras anteriores más pequeñas. Lo que vemos, básicamente, es el núcleo de adobe de la última fase. La pirámide nunca fue tan alta como la del Sol en Teotihuacan, ni mucho menos como la de Keops, pero su gigantesca base hace que tenga mucho más volumen que ambas.

Escalera dentro de la pirámide
Ha resultado un poco decepcionante saber que los túneles por los que discurre la visita turística fueron abiertos en el siglo XX por los arqueólogos. Sin embargo, algunas de las escaleras que se encuentran por el camino sí que son originales, y quedaron sepultadas por las siguientes fases constructivas. Aún así, emociona andurrear durante media hora por dentro de la montaña, especialmente si no contratas a un guía que te llevaría a toda prisa de detalle en detalle (por el módico precio de 50 pesos). Y quizás no esté la cosa aclarada del todo, porque el mismo Sahagún cuenta que "como los romanos edificaron el Capitolio, ansí los cholulanos edificaron a mano aquél promontorio que está junto a Cholula, que es como una sierra o un gran monte, y está todo lleno minas o cuevas por dentro".

Cholula y la Malinche desde el mirador
Desde los miradores junto a la iglesia, hacia el oeste, se ven los volcanes Popocatépetl (activo) e Iztaccíhuatl, que separan los valles de México y Puebla. Al norte, el volcán Malinche y, al este, la ciudad de Puebla, de la que Cholula es casi un barrio periférico. La enorme importancia ceremonial de la Cholula prehispánica se demuestra por la intensidad de su cristianización posterior: a Cholula se la ha llamado, exagerando, la ciudad de las 365 iglesias. La realidad es que más de una veintena se distinguen fácilmente desde el propio santuario. Y además del esfuerzo humano por cristianizar la zona, desde arriba parece que también se ayuda. Mientras estábamos por allí de visita, una señora talegó y bajó rebotando dos o tres escalones en lo más alto del cerro, adonde no pueden subir las ambulancias. Para cuando nos avisaron, la mujer estaba sentada sin poder moverse, con unos dolores tremendos, y un policía llamado Valentín contemplaba la escena recostado tranquilamente sobre el murete, chupando un helado. Flipamos completamente. El tipo se limitó a decir que no había nada disponible, y ya que había contactado con su central. Nuestro amigo sacó el móvil, y en cuestión de quince minutos ya había una ambulancia al pie del cerro, desde donde los sanitarios empujaron la camilla rampa arriba, maldiciendo a varios siglos de antepasados prehispánicos. 

Teniendo en cuenta que la señora accidentada había acudido a Puebla para consultar con una vidente, según interpretamos, y que sólo de paso se acercó al santuario de los Remedios, cualquiera diría que se habría producido un escarmiento celestial sobre a qué consejeros conviene más acudir. Además, no parece que la vidente mencionara ningún problema grave de salud inmediato, el día anterior. Minipunto para el santoral castellano.

Rayos celestiales sobre los Remedios, celebrando la victoria sobre la superstición

jueves, 4 de diciembre de 2014

La Ciudad

Lo de la aplastante desmesura de la Ciudad de México puede quedar muy poético, pero además es cierto. Nuestro amigo mexicano estuvo de acuerdo en considerarla un ente ingobernable, que se organiza por sí mismo, mal que bien, para permitir la supervivencia de sus veinte millones de habitantes.

Al despegar el otro día del aeropuerto, Mari pudo hacer una foto del centro de la ciudad apuntando hacia el norte. Aquí la cuelgo con la mayor resolución que me permite blogger:


El cuadradito naranja contiene la famosa plaza del Zócalo, con la Catedral y el Palacio Nacional. A la izquierda, se puede ver el parque de Chapultepec, del que parte la avenida Reforma con todos sus rascacielos alineados de oeste a este. Entre el Zócalo y Chapultepec cabe perfectamente la ciudad de Córdoba, desde Fidiana hasta el pryca (sí, pryca y con minúscula) Zahira.

Y esto es sólo el centro. Ni siquiera aparece el aeropuerto, que está rodeado por la ciudad, ni las delegaciones al sur de la plaza Benito Juárez (Coyoacán, Tlalpan, Xochimilco...) donde viven más de dos millones de personas. Ni las favelas de Ecatepec y otros barrios del norte, el segundo municipio más poblado del país después de la propia Ciudad de México (que en su término municipal contiene ocho millones de almas). Ni las masivas colmenas humanas de Iztapalapa y Ciudad Nezahualcoyotl, al este, con cuatro millones de habitantes.

Media docena de líneas de metro y otras tantas de metrobús tratan de echar a andar la maquinaria del Distrito Federal cada mañana. Existen, además, decenas, quizás centenares de informales y cambiantes líneas de peseros, pequeños microbuses de los años setenta que transitan por las avenidas de manera milagrosa, tanto desde el punto de vista de los hábitos de sus conductores como por el aspecto meramente mecánico.

Y las autopistas se solapan, cruzan y unen en un laberinto de asfalto siempre insuficiente, siempre congestionado. Si el Periférico se bloquea, Insurgentes es un infierno y avenida Revolución a duras penas ayuda a digerir el tráfico del relativamente poco poblado sur. En las estaciones del norte y el este, directamente, ningún medio de transporte puede ser suficiente.

Dos horas, a media mañana del lunes, para llegar desde Tlalpan hasta la basílica de Guadalupe saltando de calle en calle en busca de la opción menos mala. Tres horas largas, en hora punta, para bajar desde el Zócalo hasta la Universidad en una desesperante sucesión de encerronas viales.

Una capital levantada sobre el terreno y la memoria del mayor sistema de lagos de Mesoamérica, que agoniza en forma de grandes estanques artificiales en Texcoco y de turísticas chinampas en Xochimilco. Un país dentro de un país, en el que por la noche apenas hay calle ni rincón desde el que no se pueda ver, al menos, un coche de policía con las luces encendidas a modo de aviso.

Una salvajada, en definitiva, el infierno de un decrecionista, la esperanza y la cruz de muchos mexicanos que llegaron aquí escapando de cosas peores. Y en el corazón de la megalópolis, el alma de una de las últimas grandes civilizaciones del mundo antiguo, que vivía aquí cuando Europa ya estaba en la Edad Moderna. El lugar más tranquilo de la ciudad está en su mismo centro, en el maravilloso museo que recrea el Templo Mayor de los mexicas.

Por la noche, cuando los turistas se han ido y apenas se oyen allí los ruidos de la calle, se pueden ver las estrellas desde los grandes ventanales del último piso, donde se exponen las piezas de los antiguos santuarios. Porque, oh, sorpresa, en la Ciudad de México se ven las estrellas. Quizás, en un raro acuerdo celestial, los dioses mesoamericanos y el dios de Castilla se pusieron de acuerdo para tener con los chilangos del D.F. ese mínimo detalle de clemencia. Pocos lo apreciarán: los días en México comienzan bien temprano.

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Mientras cuento cosas del viaje, seguramente no lo vaya colgando en Facebook, por no saturar. Pero seguiré subiendo cosillas por aquí.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Un pie en Coyoacán


Olvidándonos del presente, de las luces de las ciudades y de la frontera del río Bravo, el nuestro habría sido, más que un viaje, una peregrinación. Desde los confines de la aislada provincia de California, hasta la capital del virreinato y las grandes ciudades coloniales del Bajío.

El primer lugar donde pusimos el pie, fuera del aeropuerto, fue la encantadora plaza de la Conchita de Coyoacán, uno de los barrios más vivos, culturalmente hablando, del Distrito Federal. La pequeña iglesia construida sobre un antiguo templo prehispánico estaba oculta por los andamios, enfrente de la casa de piedra volcánica roja (tezontle) donde se cree que residió Hernán Cortés inmediatamente después de la conquista. De uno de los balcones colgaba un enorme cartel en recuerdo de los estudiantes desaparecidos (en su segunda acepción del diccionario) en Ayotzinapa (estado de Guerrero). Confusos y cansados, bombardeados por los prejuicios nacidos de las noticias, nos amarrábamos a la mochila como si estuviéramos dando un paseo de exploración por el Sarajevo del 92.

Perdidos en la desordenada y aplastante desmesura de la Ciudad de México, empezamos a intuir cuánto había de cierto y cuánto de erróneo en el nombre de Nueva España que este país y sus alrededores llevaron durante tres siglos. Todo lo que como pueblo habíamos destruido, todo lo que habíamos creado y, sobre todo, la particular verdad que dictan las sensaciones: estábamos en un lugar enormemente parecido a nuestra tierra. Una historia paralela, una rama del árbol del tiempo y el espacio que se inició cuando un puñado de castellanos derrumbaron en cuestión de meses el equilibrio político y biológico de los pueblos de Mesoamérica. Costumbres, negocios y formas de vida que se perdieron no hace mucho en España, siguen vivos aquí, con diferentes protagonistas: los que ya, en su mayoría, no son indígenas ni españoles. Aquellos que tratan de juzgar y comprender su propio pasado y son etiquetados de indigenistas, malinchistas, románticos, traidores, incultos o renegados. Me acordé de aquel poeta argentino que escribió sobre esa lucha interior de los pueblos de América, mientras nos adentrábamos en el barrio de Tlalpan, junto a los restos de la antiquísima pirámide de Cuicuilco. En la esquina, con dos velitas, uno de tantos altares callejeros dedicados a la virgen de Guadalupe.

¿Qué hago con esta sangre de dos sangres?
¿Qué hago con el silicio que me habita?
¿Qué hago con estos pómulos de huarpe
y esta barba telar encanecida?
¿Y qué con mi memoria irreverente
que no quiere olvidar y que no olvida?
¿Y este idioma curtido a la intemperie
sobre el idioma muerto de mi raza?
¿Con esta antigüedad de antigua piedra
y la genealogía de mis padres?
¿Qué hago con este polvo enamorado
de mi palabra nueva en tu palabra?

Madre de pueblos, loca y fundadora,
¿Por qué me habéis abandonado?
¿Dónde cayó el abuelo violador
que asesinó a mi abuelo milenario?
Y tengo que asumirte. Si te niego
seré el americano más cobarde.
Para saldar las cuentas del martirio
hay que aclarar las aguas.
Admitirte en la cruz del genocidio
y en la espada de sangre que es mi sangre.

Por las claras del día, madre ausente,
quiero verte la cara,
por trescientos millones de tu cría
y por quinientos años de olvidarnos.

De otro modo no vengas, si no vienes
a asumirte en la sangre de tu sangre.

Mis hembras han tejido en su paciencia,
telar continental, todas las sangres.

"Telar de la sangre"
Armando Tejada Gómez


jueves, 20 de noviembre de 2014

La huida de Saigón y otras historias


Se me caían las patatas fritas de las manos. No me acuerdo exactamente de cómo la conversación llegó a ese punto, pero de repente me estaba contando la historia de su vida. Más bien, de la vida de su familia, desde el momento en que se hizo evidente que el Norte comunista iba a ganar la guerra, y que en el Sur, aliado de Estados Unidos, empezaba a evacuar a todo aquél que pudiera abandonar el país y evitar las represalias de los vencedores. Era el derrumbe de los frentes de Vietnam, la caída de Saigón.

Ella no había nacido, su hermana tenía apenas diez años. Un tío suyo, que trabajaba en la marina del Sur, reunió a la familia y les convenció para salir de allí ese mismo día. Hermanos y primos fueron localizados y corrieron al puerto para salir de la ciudad. Otros de sus tíos buscaban a toda prisa a uno de sus hijos, al que no conseguían encontrar. Se extendió la noticia de la evacuación, y la familia decidió dejar atrás al hijo con la esperanza de que, por sí mismo o gracias a la familia de un amigo, con el que se encontraba, lograra salir del país.

En aquel barco lograron cruzar el Pacífico hasta Hawaii, desde donde fueron enviados a los campos de refugiados en el territorio continental de Estados Unidos. Allí, esperaron hasta que fueron seleccionados para un programa de 'adopción' familiar: toda la familia era trasladada a vivir con una familia de acogida que se ofrecía de forma voluntaria a responder por ellos social y económicamente. No tengo la menor idea de cuantos cientos o miles de familias fueron rescatadas de los campos de refugiados de esta manera, pero me he quedado completamente alucinado. La familia paterna fue reubicada en Texas, la materna, en Iowa.

Pocos años después, una vez concedida la ciudadanía, pudieron mudarse a Los Ángeles, donde el padre puso un taller mecánico del que vivieron desde entonces. Allí, en Los Ángeles, nació ella, y aquí en Davis trabaja desde hace varios años.

Un día, varios meses después de empezar a buscarle por los campos de refugiados de Texas, sus tíos tuvieron noticia de que su hijo les buscaba también, de que había conseguido salir de Vietnam del Sur a tiempo.

Yo me estaba comiendo ya la fruta, ella se había retrasado bastante contando la historia. Yo no hacía más que preguntas y más preguntas. Hemos escuchado varios de estos relatos, y éste no es el más impresionante. Pero es el que acabo de conocer, y he querido aporrear el teclado antes de que se me olvide algo más o menos importante.

El judío argentino que huyó a Israel después de que su hermano fuera asesinado por la dictadura confundiéndole con él. La anciana cristiana armenia que obtiene un inverosímil visado estadounidense para abandonar Bagdad junto a su hermana, y escapar a California con su hijo. La madre y el bebé embarcados a la deriva en la costa de Saigón, esperando encontrar un barco de guerra (de su bando) que les rescate. Cada nueva historia que oyes te deja un poco más embobado que la anterior.

La balanza de la justicia histórica se mueve constantemente arriba y abajo en esta tierra, cada vez que Estados Unidos salta de un plato a otro, entre el lugar del héroe y el del villano del cuento del último siglo.

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Nos vamos de vacaciones unos días (la semana que viene es Acción de Gracias, una especie de "Semana Santa" americana), así que no habrá mucha actividad por aquí.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Obama la llama y sus mortíferos amigos

Llegamos como unos domingueros, y al poco rato aquello parecía una película de Indiana Jones. Muchos saben de mi amor entrañable hacia los perros, especialmente hacia aquellos que no hacen mucho ruido y de los que me puedo defender con una simple patadita. Tengo una relación bastante más tensa con los que tienen pinta de asesinos en serie y el tamaño de un ternero. Ellos lo saben, y yo sé que lo saben. Por eso, invito a los que compartan este problema a que conozcan una preciosa raza llamada Rhodesian ridgeback, perro crestado rodesiano.

Kundu, Mbwa y el otro bichaco de cuyo nombre no me acuerdo
Nos recibieron con la alegría del que ve llegar su almuerzo, cuando nos bajamos del coche en la finca donde vive una compañera mexicana que trabaja con Mari en la Fundación. La señora, a la que los perracos adoran, se asomó para comprobar que simplemente estaban jugando a que nos despiezaban. Los dueños del cotarro no estaban en la finca, y la mujer, que vive allí desde hace veintitantos años, estaba encantada de juntar a todas las compañeras de Mari para despedir a una de ellas aquella mañana de domingo, hará cosa de tres semanas. La finca es una enorme plantación de nogales, con varias casas y un montón de terreno por donde paseaban alegremente los animalillos: ovejas, cabras y pavos, principalmente. También había unas pocas de esas enormes horteradas de la naturaleza, ese animal que crearon a medias Dios y Mario Vaquerizo: los pavos reales. También vive allí un señor veterano de guerra que cuida los nogales, y al que, unos días antes, uno de los perracos le había dado un amistoso aviso de hasta dónde podía acercarle la mano a la cocorota.


Pero sin duda la estrella de la propiedad era el puntito exótico, el bichejo inesperado: Obama la llama. A estas alturas va siendo difícil sorprenderse por aquí, pero ese día ocurrió unas pocas veces. Como todos hemos visto los documentales de llamas escupiendo y coceando sin motivo aparente, estábamos un poco cohibidos a la hora de hacerle cucamonas. Nuestra anfitriona suavizó un poco el ánimo del machupíchico animalico a base de lechuga tierna (iba a decir cogollos, pero no quiero confusión), y allí se dejó fotografiar como una bendita. Según nos contó (la mujer, se entiende), era la segunda llama que recibía el nombre presidencial, con lo cual era conocida amistosamente como "Obama, segundo mandato". No acabo de entender si los dueños lo hicieron en plan homenaje, o en plan odio. Me inclino más por lo segundo. El caso es que, con las tonterías, hemos conocido a dos presidentes en un par de semanas.

Por la tarde, a la vuelta del paseo por el campo, nuestra amiga decidió enseñarnos la casa. Parecía la de un explorador decimonónico, con toda clase de objetos traídos a boleo de cualquier parte del planeta. Al lado de un mono disecado estaba un bajorrelieve de Rómulo y Remo bajo la loba. Y así. Eso sí, el tour no decepcionó, porque el más pelopúntico de los momentos estaba por llegar. El verdadero museo de los horrores. En la cochera principal, había varios arcones frigoríficos. Uno de ellos tenía carne, aparentemente de cosas comestibles, preparada para cualquier fiesta sorpresa para cuarenta personas. Otro de ellos tenía bebida como para emborrachar a las cuarenta. Y el último contenía suficientes serpientes de cascabel como para cargárselas a todas. ¿Habéis visto alguna vez una serpiente de cascabel? Pues ahí van:

Me muero
No las habían comprado a ningún artesano local. Eran serpientes cogidas directamente del mismo campo por el que habíamos estado paseando un rato antes. Claro, no se las encuentran todos los días, pero la cantidad que había en el frigorífico demuestra que tampoco era raro verlas. La mordedura de una serpiente de cascabel difícilmente es capaz de cargarse a un adulto, pero te puede hacer un estropicio importante si no te vas a un hospital echando leches. De modo que el dueño de la casa, para recordar que habían sobrevivido a semejante peligro una vez más, agarraban cada serpiente y la metían en conserva. Para la posteridad. O para algún comerciante chino.

Flipando absolutamente, decidimos que el día había dado lo bastante de sí y nos despedimos de Obama, de la mexicana, de los perros y de las serpientes, y volvimos a la civilización por entre los amarillos campos del valle central.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Palabra de Bill

El momentaco de Clinton (minuto 1:40 para los impacientes)

No todos los días se tiene la ocasión de ver en directo a un icono de los años noventa, la época en que los de mi quinta empezamos a asomarnos a la tele. Algunos han ido palmando (Juan Pablo II), otros son personajes ficticios (Will Smith mola, pero el Príncipe de Bel Air es todavía mejor), o están demasiado ocupados en un retiro más o menos dorado (Fidel, Chiquito de la Calzada) o no iría a verlos ni aunque me pagaran (¿Felipe?).

Hay otros, hamijos, que se ofrecen al mundo porque todavía tienen mucho que decir. Con ustedes, William Jefferson Clinton, cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos de América (y todos se ponen de pie):


Para los menos informados, la semana pasada hubo elecciones aquí en Estados Unidos. No elecciones presidenciales, que son las que salen en la tele en España, sino legislativas parciales. Como si en España se renovara el Congreso independientemente del Gobierno, y de paso se renovara una parte del Senado. Para complicar aún más la comparación, aquí el Senado es importante.

El caso es que los demócratas (ese supuesto equivalente de la izquierda española cuyos mítines terminan con un "Dios bendiga América") lo tenían francamente crudo en esta ocasión, y de hecho los republicanos (la derecha, mayormente blanca, protestante y creacionista) les han pegado un repaso bastante notable. Cualquier ayuda era necesaria, pero Obama no contaba como ayuda, porque ahora mismo no cae bien ni en su peña de fútbol americano. Ya ni le llaman para las porras de la Superbowl. Así que sacaron a Clinton, que se tuvo que recorrer todo el país, incluso los distritos en los que los demócratas lo suelen tener más fácil, como pasa aquí en California.

Bill Clinton, al que el resto del planeta recuerda porque se la chupó una becaria, aquí es (además) recordado porque ningún presidente desde la II Guerra Mundial se ha ido teniendo la popularidad tan alta. Reconstruyó la economía y dejó al país bastante más saneado, y en un estado de optimismo al que contribuyó también que EEUU emergiera como la gran superpotencia de los noventa, sin enemigo alguno enfrente. Esa época en que la superioridad yanki era tan aplastante que, en las pelis, los malos ya no eran rusos sino extraterrestres (Mars Attacks, Independence Day, Men in Black y demás).

En el pabellón polideportivo de la universidad, Clinton se metió al público en el bolsillo con cierta rapidez. Alabó la ciencia y la innovación, transmitió un mensaje de optimismo y recordó que de peores se había salido y que es una tontería pedir que la economía crezca si no se sube el salario mínimo, del que viven varias decenas de millones de personas. Pero un momento, alto, ¡eso es lo que hacen todos los políticos! No, no sólo eso. Algunos son, además, buenos oradores, porque sus argumentos están bien hilados, tienen sentido y, lo que es más importante, ni te enteras de que te la están metiendo doblada.

Creo que ha sido la primera vez que he acudido a un acto político en mi vida, y ha tenido que ser fuera de mi país. El tufo general del acto era un poco repelente. Políticos de media altura, muchísimos pelotas en la zona VIP buscando su cachito de futuro y un par de congresistas que aspiraban a la reelección y a los que no les prestaría ni mis libros del Barco de Vapor.


Por encima de ellos se elevó Clinton, ya fuera por el efecto de las canas, por la fascinación de ver a un personaje histórico o por la impresión de que el tío, con todas las imperfecciones, cumplió más o menos con su deber cuando le tocó hacerlo. Aunque quién sabe, quizás el magnetismo, al final, sólo se debiera a que estaba ante el que fuera reconocido como macho alfa, gorila de espalda plateada, de la greatest nation on Earth, como les gusta decir a ellos, la más grande nación sobre la Tierra.


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Edit: la entrada me parecía incompleta, una vez entrados en harina noventera, sin poner este vídeo con lo mejor de Boris Yeltsin.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Breve historia del Motín del Té

Tuvo que ser en Nueva Inglaterra. Podía haber sido en México, Cartagena de Indias, La Habana, Lima o cualquier otra de las grandes ciudades de América, pero la muy católica y, desde hacía tres cuartos de siglo, borbónica España nunca había visto con buenos ojos el libre comercio en las Indias. Todo lo que oliera a burguesía industrial, a innovación o a ilustración había causado terror en el Palacio Real de los Austrias, y de aquellos polvos llegaron los lodos de la ineficacia de la administración de Nueva España y de su anticuada economía.

La Old State House. En el suelo, enfrente, está
marcado el lugar de la masacre de Boston
Sin embargo, Nueva Inglaterra, fundada también sobre la religión, había rápidamente incorporado el componente de la aventura empresarial. Cientos de miles de colonos anglosajones, holandeses y escandinavos habían llevado el espíritu de la Reforma hasta las costas americanas, para hacer las cosas a su manera. Y por fin, en la segunda mitad del siglo XVIII, "su manera" pasó a ser distinta de la del rey de Inglaterra.

Los norteamericanos se habían cansado de ser ciudadanos de segunda. Inglaterra les cosía a impuestos, pero no tenían representación en el Parlamento de Londres (No taxation without representation!): seguían siendo simples colonos en lugar de ciudadanos de pleno derecho. Cuando las más viejas y pobladas colonias se empezaron a preparar para el autogobierno, el Rey se limitó a aprobar leyes represivas y a ocupar Boston militarmente. Un día de 1770, la chispa saltó frente a la Old State House, la sede del gobierno colonial. Una discusión, bostonianos gritando, soldados rodeados y asustados que abrieron fuego contra la multitud. Nueva Inglaterra despreció las imposiciones comerciales de Londres y comenzó a ignorar sus impuestos y a boicotear sus productos. Las ventas del té asiático en América cayeron casi hasta cero.

La Old South Meeting House

Una réplica del barco del Motín del Té
Desde la metrópoli no se podía consentir la ruina de las compañías británicas, y en diciembre de 1773 llegó un barco que el gobernador insistió en descargar. La multitud se reunió en la Old South Meeting House, el centro cívico de la vieja colonia de Boston. Más de ocho mil personas marcharon a los muelles, para contemplar y jalear cómo un grupo de colonos disfrazados de indios tiraban toneladas de valioso té por la borda del barco. 

Londres montó en cólera, y los americanos supieron que había llegado el momento de la verdad. La rebelión iba a pasar de ser civil a armada y, con el apoyo de Francia (desde el norte) y España (desde el río Mississippi, cuya desembocadora era la entonces colonia española de Nueva Orleans), emprendieron la creación del ejército continental. En la primavera de 1775, muy cerca de Boston, comenzó la guerra de Independencia. En menos de 50 años, casi todo el continente, desde Washington a Buenos Aires, se despediría de sus antiguos dueños.

domingo, 9 de noviembre de 2014

De costa a costa

Viajar solo es un rollo. No estoy acostumbrado, hacía un montón de tiempo que no me ocurría. La última vez que conté algo por aquí, cuando iba en un avión camino de España por sorpresa, no iba solo del todo. Era un "viaje de negocios" y tuve que pastorear a algunas personas que iban también desde Davis, concretamente un jefazo italoamericano, un ruso raro y una estadística coreana. No me puedo quejar, porque fue bastante entretenido.

Esta vez ha sido distinto, porque iba solo, pero solo, a un congreso en el que no conocía a nadie, en una ciudad en la que no conocía a nadie. Bueno, durante algo más de un día tuve la alegría de encontrarme con una compañera italiana que estuvo un tiempo de estancia en Córdoba, pero poco más.

Deberían hacer mapas para los pósters de estos congresos
Hay dos formas de compartir un viaje que haces por tu cuenta. La primera es matar los ratos de aburrimiento enviando fotos al personal, lo cual, aunque compense un poco la soledad, te puede hacer un pelín odiado si el sitio está chulo (y lo estaba). La segunda es compartir las sensaciones con otra gente que ya haya estado en el mismo sitio (y esto la verdad es que aún no he tenido tiempo de hacerlo, salvo pequeñas pinceladas).

La gran ventaja de esta ocasión es que el lugar donde estaba es una mina para quien quiera conocerlo a fondo. Tiene mucho que ver, las posibilidades de que te apuñalen por la calle son más bien bajas y se puede recorrer andando casi todo el centro de la ciudad. Boston mola, es un buen lugar para reconciliarse un poco con este país que está lleno de pueblos y ciudades a los que las franquicias y grandes cadenas comerciales han ido despojando de personalidad y convirtiendo en aburridas repeticiones de algún original perdido en las llanuras de Kansas. Boston es una ciudad original en muchos sentidos. De hecho, fue la primera gran ciudad de este país, y la mayor que hubo en él durante varias décadas.

Viéndolo apoyado en una barandilla, junto al brazo de agua que bordea Boston por el este, el distrito financiero se levanta con esa belleza que, como me dijo Lucía el otro día, siempre te asombra cuando contemplas una ciudad estadounidense por la noche. El reflejo de los rascacielos en el agua se interrumpía, junto a un puente, en la madera de un pequeño barco, una reproducción europea de un velero del siglo XVIII. Hace muchos, muchos años, junto al barco original y dentro de él, frente a miles de personas que gritaban exaltadas contra el rey de Inglaterra, sus impuestos y sus leyes, comenzó la historia libre de este país y de todo el continente que lo acoge. Prometo contarlo mañana, esta vez no se me pasa.

Aunque los Estados Unidos nacieron en muchos sitios a la vez, Boston es quizás donde mejor se pueda ver aún la huella de ese parto.

Desde la otra orilla

domingo, 28 de septiembre de 2014

Al alba

Hace muchos años, cuando los aviones me parecían aún aparatos míticos y cada despegue prometía ser una aventura, Antonio me contó cómo bajaba la persiana de la ventanilla al cruzar el Atlántico. Me parecía una insensatez, porque pocas cosas le podían resultar más emocionantes al ser humano que volar a través del Atlántico. Joder, Colón hasta hizo un diario. Tuve que sufrirlo un par de veces para darme cuenta del verdadero tostón que supone atravesar seis o siete horas de agua, agua y más agua. Y eso cuando es de día, porque de noche no tiene el menor sentido asomarse siquiera.

Cuando, unas horas después de haber dejado Dallas (el aeropuerto principal para las conexiones de American Airlines con la costa oeste), se recogen los restos de la cena en el avión, las azafatas pasan, con las luces de cabina ya apagadas, pidiendo a la gente que baje las persianas. "Si no lo hace, le despertará la luz al amanecer". Puede que sus vuelos desde Massachussets no fueran nocturnos, pero el caso es que Antonio nunca me contó cómo amanecía desde un avión.

A bordo de un avión hacia España, a diez kilómetros de altura y ochocientos kilómetros por hora, se vive un amanecer acelerado. Vuelas hacia el sol a toda velocidad. Si tienes la suerte de ir en ventanilla, y la desgracia de no poder pegar ojo, el horizonte pasará poco a poco del negro al azul oscuro, y de ahí al celeste. Al este, de frente, aún brillan las estrellas del cielo de invierno: las que dibujan Orión y todas las que rodean al cazador. Sirio, la más brillante. Cástor y Póllux, los gemelos; Capella, Proción. Algunas las reconoces y con otras te lías un poco, porque no es un cielo que estés acostumbrado a ver. En invierno no se disfrutan igual las lluvias de estrellas.

Cuando todo el cielo se ha vuelto azul, notas que sobre el horizonte se va formando un ángulo negro, que crece hacia el oeste y desaparece hacia la luz del alba. Es la sombra de la Tierra, eres tú pasando a toda leche al hemisferio diurno de un planeta que gira en dirección contraria. Y entonces, el ala brilla.

El primer rayo de sol choca contra lo más alto que hay alrededor: tu avión. Se ilumina de rojo la punta del ala, y parece un faro sobre la tierra todavía oscura. La luz aún no molesta a los demás pasajeros, pero a diez mil metros del suelo ya ha amanecido. Si tienes suerte y el tiempo está revuelto (aunque lo tengas que pagar con turbulencias), a los dos o tres minutos comenzarán a brillar los cirros, las nubes más altas, iluminadas sobre el fondo añil. Y, a continuación, el sol va llegando a más y más grupos de nubes, de las más altas a las más bajas, que se hacen sombra unas a otras, capa a capa hasta que empiezas a ver las primeras luces del brillo de sol en las olas del mar. El rojo ya es amarillo, y el día ya es día. La sombra del cielo ha desaparecido, y tu reloj con la hora de California marca un tiempo inverosímil.

Queda sólo media hora para volar sobre las rías gallegas, y sentir que puedes reconocer algunas ciudades y ríos, que empiezas a estar en casa.

Igual alguno ni pudo enterarse, pero todo esto ocurrió el miércoles por la mañana, hora europea, un poco por sorpresa y un mucho por fortuna. Haré por contarlo. Buenos días.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La semana más larga

Superlópez debería ser lectura obligatoria en los colegios de este país. Bueno, me refiero, de ese país, de allí, de eso, de España (en sentido amplio). Me parece de las mejores creaciones de cómic ochentero/noventero, y no veáis como se sufre no poder echar semejantes cosas en las maletas. Allí están con media vida nuestra, en cajas y estanterías de alguna casa cordobesa.

Me he acordado de Súper porque uno de sus tebeos más cojonudos es ese de "La semana más larga". Es verdad que al pobre hombre le pasa de todo, pero no sé yo si habría acabado más estresado en la semana que me ha tocado a mí.

Una de las cosas buenas de estar en una universidad de cierto poderío es que tienen unos medios muy por encima de lo que encuentras en otros sitios. Especialmente, en el caso de Davis, en lo referente a genética. Para aquellos a los que os digan algo estas cosas, hay unos sistemas impresionantes que te dicen cómo y cuánto se expresan cada uno de los treinta mil genes de un bicho/órgano/lo que sea en tus distintas condiciones experimentales. Semejante cantidad de información tiene una pega principal: luego hay que analizarla.

Las alternativas para analizar esos datos son varias, a cuál más penosa. Hay tanta información que si intentas entenderla, te falta tiempo a ti, a tus hijos y a los hijos de tus hijos (¡¡y a "toda su maldita desendensia"!!). Por otro lado, si la analizas automáticamente, te sale un porrón de información pero no sabes qué significa semejante amalgama de letras y números.

Mis datos de expresión génica. Las bolas amarillas son genes sobreexpresados.
Las verdes, genes reprimidos. De lo demás no tengo ni la menor de las ideas.
Hay programas informáticos que lo hacen todo en uno, y he tenido la ocasión de probar uno de ellos. Siete días, ni uno más ni uno menos. La licencia del bichaco vale seis mil euros, de modo que cuando algún investigador quiere usarlo, su jefe le sugiere amablemente que pida el período de prueba gratuito y se parta los cuernos para, en siete días:
a) Aprender a usar el programa desde cero.
b) Analizar todos los datos que pueda, correr análisis, rescatar gráficas y tablas.
c) Extraer conclusiones con sentido.
d) Presentar un estado anímico aceptable al final de los siete días.

No faltan infinitas diversiones como los problemas de compatibilidad del programa con el ordenador/sistema operativo/versión de Java, o como el hecho de que la versión de prueba esté capada y de repente me cortara el grifo de los análisis sin previo aviso.

Creo que más o menos he sido capaz de cumplir con los cuatro puntos, aunque el tercero todavía está un poco en bragas. Estoy bastante menos moreno que hace una semana, y así se explica de paso una parte de mi ausencia por aquí. Otra parte la explicaré más adelante, pero básicamente también tiene que ver con exceso de trabajo.

Y como mi madre ya sabe que estoy comiendo bien y que estamos razonablemente sanos, lo voy a dejar aquí, y prometo colgar alguna cosilla pendiente pronto. A seguir bien.

martes, 2 de septiembre de 2014

Los Estados Fracturados de América

(Abrir en pestaña nueva para resolución bestia)
Volábamos alegremente Mari y yo de vuelta a California, en junio, cuando empezamos a sobrevolar una zona con un curioso patrón de manchas claras. Al principio pensé que era una urbanización en construcción, pero cuando vi que se extendía hacia el horizonte, entendí que ni veinte Poceros juntos podrían hacer semejante cosa. Se me pasó por la cabeza la posibilidad de una zona de silos de misiles nucleares, o alguna otra instalación militar. Pero era demasiado grande, de nuevo. Así que después de diez minutos y decenas de kilómetros de manchas claras, calculé que debíamos estar sobrevolando el norte de Colorado, y que lo que había bajo nosotros era el primer campo de fracking ("fractura hidráulica") que tenía la ocasión de contemplar. Una pequeña muestra de los más de 50.000 pozos de fracking que hay sólo en ese estado. Y no me gustó nada.

Para quien no sepa en qué consiste el fracking, un resumen rápido. Consiste en extraer gas y petróleo de ciertos yacimientos no explotados hasta ahora, a base de inyectar agua a presión mezclada con productos químicos, y permitir así la salida de los hidrocarburos. Para unos, es la esperanza para movilizar nuevas reservas de gas y petróleo; una gran oportunidad financiera y laboral, que permitirá que EE.UU. vuelva a exportar petróleo muchos años después.

Para otros, es una burbuja financiera basada en proyecciones irreales, mediante una práctica tremendamente contaminante y con pozos que se agotan con rapidez, exigiendo una inversión continua que no tiene ningún sentido económico, y que si lo tuviera sería porque el petróleo se agota con tanta rapidez que necesitamos exprimir reservas que, en condiciones normales, a nadie se le habría ocurrido explotar.

Es, en cierto modo, el aviso de que las próximas dos décadas podrían ver unos enormes cambios sobre los que la opinión pública apenas está recibiendo información. Cada vez queda menos petróleo, y desde el año 2005 la producción de crudo ya no sube, sino que se tambalea y empieza a descender. No hace falta que se acabe el petróleo para que nuestra sociedad se vaya al carajo. Sólo hace falta que empiece a escasear, y la oferta y la demanda (y las armas) harán el resto. En el año 2000, la gasolina estaba en EE.UU. a un dólar por galón. Hoy está por encima de los cuatro dólares durante gran parte del año.

No está escrito en ninguna parte que las crisis tengan que terminar.

miércoles, 27 de agosto de 2014

El tanque de Davis

Esta es una ciudad poco dada a aparecer en las noticias. Menos mal que tenemos a nuestro ilustre cuerpo de policía para ponernos en los periódicos de vez en cuando, como ocurrió cuando el incidente del spray de pimienta de 2011 llegó incluso a los telediarios españoles.

Esta vez, el motivo es menos violento pero igual de preocupante: al departamento de policía de Davis le han regalado un tanque. Helo aquí:


Vale, no es un tanque en sentido estricto. Pero, en primer lugar, el alcalde le ha llamado "tanque", así que no voy a ser yo menos. Y además, la palabra en este caso puede ser supeditada al concepto. Ese bichaco acorazado, militar y feo, en Davis, "es un tanque, incluso aunque no sea un tanque", como han escrito en el Enterprise.

¿Cómo consigue una ciudad que le regalen un tanque valorado en 700.000 dólares? Pues haciendo uso del programa 1033 del ejército, que permite reutilizar material militar obsoleto para que lo disfruten las fuerzas de seguridad, a coste bajísimo o incluso cero. Parece que la policía "eligió" este vehículo acorazado sin avisar al Ayuntamiento, y el alcalde se agarró un cierto mosqueo al descubrirlo hace unos días ("no puedo imaginar para qué necesita un tanque la ciudad de Davis"). En medio de la polémica por la militarización de la policía en este país, puesta de manifiesto en los disturbios de Ferguson, la muy alternativa sociedad davisiana se ha mostrado totalmente en contra de este vehículo. O, como se la llamó ayer en el pleno del Ayuntamiento, de "esa cosa".

Ayer asistimos a esa sesión, aunque tuvimos que marcharnos antes de que llegaran a debatir el asunto. He estado viendo el vídeo, disponible en este enlace, a partir del minuto 34. Durante varias horas, el jefe de policía argumenta lo útil que será "esa cosa" para que los SWAT derriben paredes y se protejan durante incidentes de francotiradores; una larga cola de ciudadanos exponen su incredulidad y se quejan de que tarde o temprano será usado como elemento represor y, finalmente, los miembros del consejo manifiestan su opinión y votan. Por cuatro votos a uno, se decide que la policía tendrá dos meses para elaborar un plan lógico sobre cómo deshacerse del tanque, que al parecer no puede ser devuelto "porque sí".

Algunas personas llegaron a exigir a gritos que se llevaran de allí el vehículo, mientras que el jefe de policía se mostró encantado de que los neumáticos fueran a prueba de balas. Afortunadamente, no consideró muy relevante la capacidad de resistir minas anticarro, que no han sido sembradas últimamente alrededor del campus, que se sepa. Eso sí, nos deleitó con las imágenes de las armas incautadas por la policía de la ciudad en la primera mitad del año, en el minuto 44.

Nos queda, al menos, el consuelo de que es muy improbable que este vehículo sea usado contra la comunidad negra, como está ocurriendo en Missouri. Tendrían que buscarla a fondo, porque supone únicamente un 2% de la población de la ciudad, no sé si incluyendo o no a los estudiantes africanos.

Me tengo que quedar con lo que puse antes en Facebook. Las palabras del vicealcalde Robb Davis, recién elegido en las elecciones locales de este año, y que demuestran, junto a los muchos ciudadanos que pasaron ayer por el atril, que todavía queda gente con capacidad de pensar, por aquí. Especie catalogada "vulnerable", diría yo:
"El simbolismo importa. Este vehículo simboliza la mayor fuerza destructiva en el planeta, el ejército de Estados Unidos. Tenemos que reconocerlo. Cuando traemos este símbolo a nuestra comunidad y vemos que los ciudadanos reaccionan diciendo: "¡no lo queremos aquí!", es porque nuestros ciudadanos están cansados de lo que se ha hecho en nombre de esa fuerza destructiva en nuestro planeta [...]. Si ignoramos esto, si lo reducimos a una mera cuestión técnica, estamos creando una brecha de desconfianza con la comunidad [...]. Estamos cansados de la guerra, estamos cansados del precio de unas guerras que vuelven a nuestras comunidades en forma de estrés post-traumático, en forma de heridas cerebrales, y ahora vemos que también llegan en forma de equipamiento que ha sido usado para destruir vidas."

domingo, 24 de agosto de 2014

Márketing gafe

Davis está a mitad de camino entre Vacaville y Sacramento
Esta noche, según nos cuenta todo el mundo, ha habido un terremoto. Lo dicen las noticias, la gente que nos ha preguntado por nuestra integridad física y Tracy, una amiga de Los Ángeles que estaba durmiendo anoche en nuestro salón y que se despertó cuando toda la casa se movía. Nosotros, la verdad, ni nos enteramos ni nos despertamos.

El terremoto ha sido el más fuerte en California en 25 años, pero se cree que no es ni una broma en comparación con el que tiene que venir en algún momento, el Big One de la zona de la bahía. En este, por lo menos, no ha muerto nadie, ni se han caído autopistas, como en el de 1989.


Los que lo han llevado peor, eso sí, son los empresarios de las bodegas. El epicentro ha estado en Napa, la capital del valle donde se produce más cantidad de vino en toda California. En todos los pueblos y en todas las bodegas, se han caído botellas y barricas y se han dañado instalaciones, así que tiene pinta de que algunos productores van a vender el vino un poco más carillo el año que viene. Hay quien habla de "lagos de vino" en las bodegas. La verdad es que es una pena relativa, porque me parece que el vino de California está (muy) sobrevalorado pero... joder, vino es vino.

El gafe
Nadie sabe qué harán ahora los empresarios de Lodi que hace unos años empezaron a sacar una parte de la cosecha etiquetada con el nombre de "Earthquake" ("terremoto"), unas botellas muy chulas que he visto alguna vez en el supermercado por aquí (a ver si me hago con una). ¿Le hicieron el vudú a sus competidores de Napa? ¿Era una amenaza? ¿Son unos simples gafes? El caso es que esto igual les abre un poco de mercado, pero no creo que se vuelva la marca más popular de la zona de la Bahía.