Cuando aún era de noche,
cuando aún no había día,
cuando aún no había luz,
se reunieron,
se convocaron los dioses
allá en Teotihuacan.
Dijeron,
hablaron entre sí:
- "¡Venid, oh dioses!
"¿Quién tomará sobre sí,
"quién se hará cargo,
"de que haya día,
"de que haya luz?"
Bernardino de Sahagún, Primeros Memoriales (s. XVI)
El misterio es tan antiguo que dudo mucho que entre los códices mexicas y mayas reducidos a cenizas por los frailes españoles hubiera algo más que leves pistas y alguna referencia mitólogica. Hacía más de ochocientos años que los arbustos cubrían las piedras de la fantasmagórica ciudad de los dioses. Decenas de pueblos habían tenido tiempo de caminar entre sus templos cubiertos de nopales y chaparros, en silencio, empuñando sus lanzas de piedra obsidiana. Los soldados y los comerciantes miraban a izquierda y derecha y se preguntaban si los centros ceremoniales de sus lugares de origen, esos en los que según los ancianos se honraba desde siempre a los Tláloc o Huitzilopochtli, no eran sino burdas copias de la antigua memoria de aquella ciudad. Los capitanes evitaban que los murmullos subieran de tono. Imagino a los sacerdotes intentando salir cuando antes de un sitio que hacía aflorar demasiadas preguntas. ¿Por qué lo que parecía el lugar más sagrado del mundo yacía en ruinas? ¿Dónde habían ido los dioses? Pero, en su interior, sólo se hacían la misma pregunta que todo aquél que ha estado allí después ha vuelto a plantearse:
¿Quién construyó Teotihuacan?
Se puede preguntar en el centro de los trece templos de la Ciudadela. O mirando a las plumas de piedra del dios Quetzalcoatl en su escalinata. Se puede plantear como un pensamiento ante la sucesión de plazas amuralladas de la Calzada de los Muertos, o meditar desde la cima de la pirámide del Sol, o susurrar en voz baja frente a la de la Luna, para que te oigan en todos los templos de alrededor por la casi milagrosa acústica del lugar. Lo mismo da, no habrá respuesta. Los ojos de los dioses representados en la oscura sala del museo de sitio esconden su secreto.
Los mexicas (tradicionalmente llamados aztecas), superados por lo que veían cuando la visitaban en el siglo XV, formularon una leyenda y le dieron un nombre náhuatl a la ciudad, Teotihuacan, el lugar donde nacieron los dioses, o donde los hombres se transformaron en dioses. El Sol, la Luna, el principio de todo. No podría ser de otra forma. Los mexicas se encontraron con la ciudad más de cinco siglos después de su ruina. En realidad, no se sabe su nombre original, ni la lengua que allí se hablaba, ni de dónde vinieron aquellas gentes. Por supuesto hay teorías, y se han desarrollado muchas ideas sobre sus posteriores migraciones. Pero en el tremendo follón en el que se entrecruzan las culturas mesoamericanas con una datación muy difusa, no está muy claro quién influenciaba a quién en cada época. La idea de que Teotihuacan fue el principio de todo parece tan mitológica como arqueológica, por una vez.
Nunca, desde que fue construido el Coliseo, faltó en Roma quien escribiera una crónica de cada guerra y de cada desastre. Se cree que Teotihuacan fue construida en ese mismo momento, aunque en el valle de las pirámides, sin embargo, la cadena se rompió durante más de un milenio, las lenguas evolucionaron y ahora hay que mendigar entre los glifos mayas del Yucatán para intentar identificar el dibujito con el que se representaba el nombre de la antigua gran capital (el comercio, las influencias arquitectónicas y los mitos relacionan ambas culturas). Seguramente, para cuando cayó la ciudad, su creación fuera ya un mito perdido en el tiempo.
Desde lo alto de la pirámide del Sol, cada vista se merece todo el rato que se le pueda dedicar. Con los pies colgando sobre la pared inclinada, se te olvida tu siglo y la guía que leíste. ¿Cuándo, quiénes, cómo, para qué? ¿A qué dios se dedicaría cada una de las decenas de pequeñas pirámides? ¿Se usaban todas? ¿Cuántos miles de personas vivían allí? ¿Qué fue lo que les llevó a elevarse por encima del resto de su continente, a ser las primeras personas, en aquella rama americana de la humanidad, en levantar semejantes monumentos? El (malérrimo) documental antiguo de National Geographic sugiere que una construcción extraordinaria necesitó un acontecimiento extraordinario: quizás una erupción volcánica hizo emigrar a todo un pueblo, que construyó santuarios con forma de volcán para protegerse de la ira de la naturaleza.
La cabeza da todavía más vueltas al mirar desde la más pequeña pirámide de la Luna, viendo de frente la larguísima Calzada de los Muertos, dos kilómetros de templos, pirámides y palacios en ruinas y, sobre todo, la pirámide del Sol. La tarde se hace vieja allí sin que te des cuenta, los rugidos de los jaguares (de cerámica, soplados por los vendedores ambulantes) se van alejando y tú te preguntas si el resto de los días que te quedan de viaje los puedes pasar subiendo a aquel mismo sitio y dejando irse el día. Por la noche, mejor volver a las luces de México. Sólo Napoleón se habría atrevido a dormir entre los oscuros ídolos de la ciudad sin nombre. Que se traiga a Champollion.

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