jueves, 20 de noviembre de 2014

La huida de Saigón y otras historias


Se me caían las patatas fritas de las manos. No me acuerdo exactamente de cómo la conversación llegó a ese punto, pero de repente me estaba contando la historia de su vida. Más bien, de la vida de su familia, desde el momento en que se hizo evidente que el Norte comunista iba a ganar la guerra, y que en el Sur, aliado de Estados Unidos, empezaba a evacuar a todo aquél que pudiera abandonar el país y evitar las represalias de los vencedores. Era el derrumbe de los frentes de Vietnam, la caída de Saigón.

Ella no había nacido, su hermana tenía apenas diez años. Un tío suyo, que trabajaba en la marina del Sur, reunió a la familia y les convenció para salir de allí ese mismo día. Hermanos y primos fueron localizados y corrieron al puerto para salir de la ciudad. Otros de sus tíos buscaban a toda prisa a uno de sus hijos, al que no conseguían encontrar. Se extendió la noticia de la evacuación, y la familia decidió dejar atrás al hijo con la esperanza de que, por sí mismo o gracias a la familia de un amigo, con el que se encontraba, lograra salir del país.

En aquel barco lograron cruzar el Pacífico hasta Hawaii, desde donde fueron enviados a los campos de refugiados en el territorio continental de Estados Unidos. Allí, esperaron hasta que fueron seleccionados para un programa de 'adopción' familiar: toda la familia era trasladada a vivir con una familia de acogida que se ofrecía de forma voluntaria a responder por ellos social y económicamente. No tengo la menor idea de cuantos cientos o miles de familias fueron rescatadas de los campos de refugiados de esta manera, pero me he quedado completamente alucinado. La familia paterna fue reubicada en Texas, la materna, en Iowa.

Pocos años después, una vez concedida la ciudadanía, pudieron mudarse a Los Ángeles, donde el padre puso un taller mecánico del que vivieron desde entonces. Allí, en Los Ángeles, nació ella, y aquí en Davis trabaja desde hace varios años.

Un día, varios meses después de empezar a buscarle por los campos de refugiados de Texas, sus tíos tuvieron noticia de que su hijo les buscaba también, de que había conseguido salir de Vietnam del Sur a tiempo.

Yo me estaba comiendo ya la fruta, ella se había retrasado bastante contando la historia. Yo no hacía más que preguntas y más preguntas. Hemos escuchado varios de estos relatos, y éste no es el más impresionante. Pero es el que acabo de conocer, y he querido aporrear el teclado antes de que se me olvide algo más o menos importante.

El judío argentino que huyó a Israel después de que su hermano fuera asesinado por la dictadura confundiéndole con él. La anciana cristiana armenia que obtiene un inverosímil visado estadounidense para abandonar Bagdad junto a su hermana, y escapar a California con su hijo. La madre y el bebé embarcados a la deriva en la costa de Saigón, esperando encontrar un barco de guerra (de su bando) que les rescate. Cada nueva historia que oyes te deja un poco más embobado que la anterior.

La balanza de la justicia histórica se mueve constantemente arriba y abajo en esta tierra, cada vez que Estados Unidos salta de un plato a otro, entre el lugar del héroe y el del villano del cuento del último siglo.

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Nos vamos de vacaciones unos días (la semana que viene es Acción de Gracias, una especie de "Semana Santa" americana), así que no habrá mucha actividad por aquí.

1 comentario:

  1. No sé cómo lo has hecho pero me dan ganas de saber mucho más de todas las historias que acabas de contar y a la vez tengo la sensación de que lo más importante, todo lo que necesitabas contar, lo has contado.

    No ha sido por ninguna guerra, pero algunos (entre los que te incluyo), de forma consciente o inconsciente, hemos salido corriendo (o despacio) de nuestro hogar.

    Algún día, alguien, en algún idioma que aún no podemos adivinar cual será, hablará de nosotros, sin nombres, sin apellidos, pero con nuestras historias.

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