Olvidándonos del presente, de las luces de las ciudades y de la frontera del río Bravo, el nuestro habría sido, más que un viaje, una peregrinación. Desde los confines de la aislada provincia de California, hasta la capital del virreinato y las grandes ciudades coloniales del Bajío.
El primer lugar donde pusimos el pie, fuera del aeropuerto, fue la encantadora plaza de la Conchita de Coyoacán, uno de los barrios más vivos, culturalmente hablando, del Distrito Federal. La pequeña iglesia construida sobre un antiguo templo prehispánico estaba oculta por los andamios, enfrente de la casa de piedra volcánica roja (tezontle) donde se cree que residió Hernán Cortés inmediatamente después de la conquista. De uno de los balcones colgaba un enorme cartel en recuerdo de los estudiantes desaparecidos (en su segunda acepción del diccionario) en Ayotzinapa (estado de Guerrero). Confusos y cansados, bombardeados por los prejuicios nacidos de las noticias, nos amarrábamos a la mochila como si estuviéramos dando un paseo de exploración por el Sarajevo del 92.
Perdidos en la desordenada y aplastante desmesura de la Ciudad de México, empezamos a intuir cuánto había de cierto y cuánto de erróneo en el nombre de Nueva España que este país y sus alrededores llevaron durante tres siglos. Todo lo que como pueblo habíamos destruido, todo lo que habíamos creado y, sobre todo, la particular verdad que dictan las sensaciones: estábamos en un lugar enormemente parecido a nuestra tierra. Una historia paralela, una rama del árbol del tiempo y el espacio que se inició cuando un puñado de castellanos derrumbaron en cuestión de meses el equilibrio político y biológico de los pueblos de Mesoamérica. Costumbres, negocios y formas de vida que se perdieron no hace mucho en España, siguen vivos aquí, con diferentes protagonistas: los que ya, en su mayoría, no son indígenas ni españoles. Aquellos que tratan de juzgar y comprender su propio pasado y son etiquetados de indigenistas, malinchistas, románticos, traidores, incultos o renegados. Me acordé de aquel poeta argentino que escribió sobre esa lucha interior de los pueblos de América, mientras nos adentrábamos en el barrio de Tlalpan, junto a los restos de la antiquísima pirámide de Cuicuilco. En la esquina, con dos velitas, uno de tantos altares callejeros dedicados a la virgen de Guadalupe.
¿Qué hago con esta sangre de dos sangres?
¿Qué hago con el silicio que me habita?
¿Qué hago con estos pómulos de huarpe
y esta barba telar encanecida?
¿Y qué con mi memoria irreverente
que no quiere olvidar y que no olvida?
¿Y este idioma curtido a la intemperie
sobre el idioma muerto de mi raza?
¿Con esta antigüedad de antigua piedra
y la genealogía de mis padres?
¿Qué hago con este polvo enamorado
de mi palabra nueva en tu palabra?
Madre de pueblos, loca y fundadora,
¿Por qué me habéis abandonado?
¿Dónde cayó el abuelo violador
que asesinó a mi abuelo milenario?
Y tengo que asumirte. Si te niego
seré el americano más cobarde.
Para saldar las cuentas del martirio
hay que aclarar las aguas.
Admitirte en la cruz del genocidio
y en la espada de sangre que es mi sangre.
Por las claras del día, madre ausente,
quiero verte la cara,
por trescientos millones de tu cría
y por quinientos años de olvidarnos.
De otro modo no vengas, si no vienes
a asumirte en la sangre de tu sangre.
Mis hembras han tejido en su paciencia,
telar continental, todas las sangres.
¿Qué hago con el silicio que me habita?
¿Qué hago con estos pómulos de huarpe
y esta barba telar encanecida?
¿Y qué con mi memoria irreverente
que no quiere olvidar y que no olvida?
¿Y este idioma curtido a la intemperie
sobre el idioma muerto de mi raza?
¿Con esta antigüedad de antigua piedra
y la genealogía de mis padres?
¿Qué hago con este polvo enamorado
de mi palabra nueva en tu palabra?
Madre de pueblos, loca y fundadora,
¿Por qué me habéis abandonado?
¿Dónde cayó el abuelo violador
que asesinó a mi abuelo milenario?
Y tengo que asumirte. Si te niego
seré el americano más cobarde.
Para saldar las cuentas del martirio
hay que aclarar las aguas.
Admitirte en la cruz del genocidio
y en la espada de sangre que es mi sangre.
Por las claras del día, madre ausente,
quiero verte la cara,
por trescientos millones de tu cría
y por quinientos años de olvidarnos.
De otro modo no vengas, si no vienes
a asumirte en la sangre de tu sangre.
Mis hembras han tejido en su paciencia,
telar continental, todas las sangres.
"Telar de la sangre"
Armando Tejada Gómez
Armando Tejada Gómez
No hay comentarios:
Publicar un comentario