Llegamos como unos domingueros, y al poco rato aquello parecía una película de Indiana Jones. Muchos saben de mi amor entrañable hacia los perros, especialmente hacia aquellos que no hacen mucho ruido y de los que me puedo defender con una simple patadita. Tengo una relación bastante más tensa con los que tienen pinta de asesinos en serie y el tamaño de un ternero. Ellos lo saben, y yo sé que lo saben. Por eso, invito a los que compartan este problema a que conozcan una preciosa raza llamada
Rhodesian ridgeback, perro crestado rodesiano.
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| Kundu, Mbwa y el otro bichaco de cuyo nombre no me acuerdo |
Nos recibieron con la alegría del que ve llegar su almuerzo, cuando nos bajamos del coche en la finca donde vive una compañera mexicana que trabaja con Mari en la Fundación. La señora, a la que los perracos adoran, se asomó para comprobar que simplemente estaban jugando a que nos despiezaban. Los dueños del cotarro no estaban en la finca, y la mujer, que vive allí desde hace veintitantos años, estaba encantada de juntar a todas las compañeras de Mari para despedir a una de ellas aquella mañana de domingo, hará cosa de tres semanas. La finca es una enorme plantación de nogales, con varias casas y un montón de terreno por donde paseaban alegremente los animalillos: ovejas, cabras y pavos, principalmente. También había unas pocas de esas enormes horteradas de la naturaleza, ese animal que crearon a medias Dios y Mario Vaquerizo: los pavos reales. También vive allí un señor veterano de guerra que cuida los nogales, y al que, unos días antes, uno de los perracos le había dado un amistoso aviso de hasta dónde podía acercarle la mano a la cocorota.
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Pero sin duda la estrella de la propiedad era el puntito exótico, el bichejo inesperado: Obama la llama. A estas alturas va siendo difícil sorprenderse por aquí, pero ese día ocurrió unas pocas veces. Como todos hemos visto los documentales de llamas escupiendo y coceando sin motivo aparente, estábamos un poco cohibidos a la hora de hacerle cucamonas. Nuestra anfitriona suavizó un poco el ánimo del machupíchico animalico a base de lechuga tierna (iba a decir cogollos, pero no quiero confusión), y allí se dejó fotografiar como una bendita. Según nos contó (la mujer, se entiende), era la segunda llama que recibía el nombre presidencial, con lo cual era conocida amistosamente como "Obama, segundo mandato". No acabo de entender si los dueños lo hicieron en plan homenaje, o en plan odio. Me inclino más por lo segundo. El caso es que, con las tonterías, hemos conocido a dos presidentes en un par de semanas.
Por la tarde, a la vuelta del paseo por el campo, nuestra amiga decidió enseñarnos la casa. Parecía la de un explorador decimonónico, con toda clase de objetos traídos a boleo de cualquier parte del planeta. Al lado de un mono disecado estaba un bajorrelieve de Rómulo y Remo bajo la loba. Y así. Eso sí, el tour no decepcionó, porque el más pelopúntico de los momentos estaba por llegar. El verdadero museo de los horrores. En la cochera principal, había varios arcones frigoríficos. Uno de ellos tenía carne, aparentemente de cosas comestibles, preparada para cualquier fiesta sorpresa para cuarenta personas. Otro de ellos tenía bebida como para emborrachar a las cuarenta. Y el último contenía suficientes serpientes de cascabel como para cargárselas a todas. ¿Habéis visto alguna vez una serpiente de cascabel? Pues ahí van:
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| Me muero |
No las habían comprado a ningún artesano local. Eran serpientes cogidas directamente del mismo campo por el que habíamos estado paseando un rato antes. Claro, no se las encuentran todos los días, pero la cantidad que había en el frigorífico demuestra que tampoco era raro verlas. La mordedura de una serpiente de cascabel difícilmente es capaz de cargarse a un adulto, pero te puede hacer un estropicio importante si no te vas a un hospital echando leches. De modo que el dueño de la casa, para recordar que habían sobrevivido a semejante peligro una vez más, agarraban cada serpiente y la metían en conserva. Para la posteridad. O para algún comerciante chino.
Flipando absolutamente, decidimos que el día había dado lo bastante de sí y nos despedimos de Obama, de la mexicana, de los perros y de las serpientes, y volvimos a la civilización por entre los amarillos campos del valle central.
Me parecía tan absolutamente necesario centrar esta entrada en los bichos, que ya otro día hablaremos de cómo procesan las nueces. Vaya tela de sitio.
ResponderEliminar¿No te gustan los perros asesinos violadores como mi difunto Odín y te quedaste a ver esas serpientes y echarles una foto? Tienen pinta de que todavía se mueven; a mí em habrían faltado piernas para correr.
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