Nada hacía sospechar, cuando a eso de la una volvía al curro cafele en mano, lo que el ser supremo de los bahai me tenía preparado para la tarde. Al poco rato de llegar al laboratorio, me recibió mi jefe, el armenio, para descubrirme las maravillas de una técnica nueva para mí. Natalia me había dicho que tengo suerte, porque no es normal que se entretenga mucho en entrenar a los nuevos, así que todo ilusionado le vi hacer esas típicas cosas de laboratorio: cortar material con un serrucho, manejar a pelo productos tóxicos, escanciar disoluciones raras desde medio metro de altura... Todo para terminar preguntándome si había ido al servicio recientemente. Sí. "Pues mejor, porque vas a tener que estar aquí, como mínimo, una hora rellenando la pipeta cada cuarenta segundos, en cuanto baje dos rayitas". Y así es como me encontré solo, sentado delante de una pipeta goteante.
La gota caía y yo la miraba. La china pasaba haciendo sus ensayos, la rusa iba y venía, mi jefe no venía, y yo contemplaba la gota caer y echaba chorrillo por arriba un par de veces por minuto. Así veinte veces. Cuarenta. A la media hora había batido el récord de mirar algo fijamente, que lo tenía el Dalai Lama desde 1965. A ese ritmo de meditación habría alcanzado la sabiduría universal a las siete y cuarto, pero en eso entra Jen, mi compi de Arizona que chapurrea español, y me pregunta sin anestesia que por dónde está el oeste. Miro a mi alrededor. Estamos dentro del laboratorio, Jen. "Sí, pero necesito saber por dónde está el oeste". Le pregunto si se ha hecho musulmana y quiere rezar hacia algún lado en concreto. Os lo prometo. Sólo pretendía ser gracioso. Craso error: Jen es judía.
No se lo toma a mal porque le indico el oeste ("Jon me dijo que mi caja estaba en la estantería del oeste"), porque encuentra lo que buscaba y porque le caigo muy bien y hablamos de muchas cosas en el despacho y mientras cuidamos a los ratones. Con lo cual empieza a contarme en español chapurreao, para que la china no guinde nada, que está hasta el río Colorado de que su madre le escriba mensajes de móvil a su novio para organizar la cena de Acción de Gracias. Y yo venga a echar chorrito a la pipeta.
Al cabo de una hora y cuarto entra mi jefe por la puerta y me sugiere que deje la pipeta y me vaya a meter la cabeza debajo del grifo un rato. Declino la oferta, y me pongo a preparar otras historias y a medir unas muestras en el espectrofotómetro. Sin mayor preámbulo, me comenta que mañana, sábado, me toca trabajar desde las nueve de la mañana o asín, y que tengo que preparar unos cuantos productos para que no perdamos tiempo. Que el tiempo es oro. Al cuarto de hora la china hace mutis por el foro, miro el reloj y me pregunto si soy el más pardo del mundo.
No pasan veinte minutos antes de que mi jefe entre de nuevo por la puerta y, como si no me hubiera jodido el fin de semana hace un rato, me pregunte que dónde está enterrado Durruti. Tal cual. Yo alucino. Le digo que no tengo ni pajolera idea de dónde está enterrado Durruti, ni Nin, ni Trotsky, pero entramos en una agradable conversación sobre las luchas internas en el bando republicano de la Guerra Civil española, durante la cual vete tú a saber lo que echo en cada cubeta. A las cinco menos diez estamos de acuerdo en dos cosas: un ejército con decisiones asamblearias nunca ganará una guerra, y el Arsenal no va a fichar a de Gea ni harto de vino, una vez que se ha metido el Manchester por medio.
Cinco y cuarto, me pongo a repartir en tubitos pequeños el fruto de mi goteo. Acostumbrado al trabajo rutinario, no me asusto lo más mínimo de lo que veo ante mí.
Cuando no llevo ni quince tubos, vuelve a entrar mi jefe. Me dice que el edificio está ardiendo por los cuatro costados y que vamos a morir todos. Pienso un poco lo que acabo de escuchar y concluyo que lo que me está diciendo es que ha saltado la alarma de incendios, que por cierto no se escucha desde el laboratorio, y que deberíamos salir ágil pero ordenadamente de allí. Asín lo hacemos, dejando todo en hielo y perdiendo estúpidamente el tiempo mientras la secretaria trata de encontrar a todos los supervivientes en el área de reunión.
En ese momento me suena el teléfono y es Mari. Probablemente está tranquila y en casa justo antes de dormir, mientras yo estoy en el pico de la cafeína y empezando a notar que chispea mientras hacemos el tonto en mitad del campus. Hablando con ella entiendo que a lo mejor menciono demasiado a menudo la cerveza en el blog, y mi señora madre se puede pensar que me estoy volviendo alcohólico. Nada más lejos de la realidad, mamá. Si me tomo una cerveza al salir del trabajo no es por vicio, es por hambre, por pillar calorías líquidas. Seguro que así te quedas más tranquila. Un besito. Charlamos un ratillo Mari y yo, hasta que la gente va volviendo al edificio, me meto al laboratorio y sigo trabajando.
Seis y cuarto. Allí no queda ni el potito. El succinato no se disuelve, tengo que calentar, pero el protocolo me dice que lo meta en hielo. Si lo meto en hielo precipita. Si lo caliento se pone a mil por hora. Pongo el agitador a tope y mientras el vaso de precipitados tiembla como un condenado, contemplo el nuevo grupo de tubitos donde tengo que repartir la solución.
Entra por la puerta la rusa y me dice que si me lo estoy pasando bien. Qué bella es la vida. Decido que si voy a tener que estar hasta las tantas allí, mejor ponerme a escuchar canciones tristes y canturrearlas a grito pelao. Dicho y hecho.
Acercándome peligrosamente a las siete veo la luz al final del túnel. Recojo todo, tiro guantes, limpio materiales, guardo protocolos. Voy al despacho y por la ventana abierta, oigo (porque verse, en Davis, de noche, no se ve nada) que está lloviendo a cántaros. Me pongo el polar, mis guantes y el chubasquero que San Rafael, custodio de Córdoba, depositó en mi mochila esta mañana, y meto la cámara de fotos en una bolsa de plástico de pan de molde.
Antes de desatar la bici ya estoy calado hasta los tobillos. Con una mano en el manillar y otra en la capucha, con el suelo lleno de hojas y charcos y los guantes hechos una toalla, me voy acercando a la salida del campus. El semáforo de la quinta, por primera vez en semanas, está abierto cuando llego. Por la A no veo una mierda porque el asfalto húmedo se traga toda la luz de la bici. Esquivo por centímetros el montón de hojas de ayer y estoy a punto de comerme un autobús en el cruce con la B. Cruzo las vías de tren, tomo las curvas tan lento que casi voy para atrás, y llego a casa. La bici se queda en el patio, abro la puerta y saludo con un efusivo "fuck everything" a mis compis, que dudan entre reírse y echarme papel secante por lo alto. Abro mi mesilla, cojo ropa de la percha y me meto directamente a la ducha.
Mamá, lo siento, no soy alcohólico, pero creo que esta tarde me he ganado una cerveza.
Lo que te has ganado son quince whikeys, jajajaja. Por cierto, la entrada de larga, nada, y de cansina, mucho menos
ResponderEliminarTú que me ves con buenos ojos... por cierto, el martes estaré al ladito de Wheaton, por si quieres algo de allí...
ResponderEliminarSanto Cristo de las Enagüillas...
ResponderEliminarVaya con el ser supremo de los bahai, parece que algún bahai te esta clavando alfileres...
ResponderEliminarMenuda tarde dantesca cubista e imperecedera. Tu jefe se acuerda de Durruti; pero tiene pinta de dictador laboral más que anarquista en la España de los años 20. Vaya con el explotador laboral..
El que necesita alcohol de 90 es el laboratorio, una chispita...y podrás tener otro simulacro de incendio. Ademas siempre podrás decir que tu jefe fue victima de una aparición,
de una extraña alucinación de su imaginación
a la cual la acusación decidió llamar Mr. Durruti.
Buen fin de semana.
De esos días que te encanta acabar... Pero vaya tela que anden hiperpendientes de la seguridad del laboratorio y ni siquiera se oiga la alarma de incendios desde el mismo.
ResponderEliminarParece, por cierto, que los usamericanos están más interesados en los anarquistas españoles del siglo XX que nosotros mismos. Curioso.