viernes, 26 de noviembre de 2010

Historias de viajeros


Ha sido entrar allí y advertírselo a Rosa: lo siento, pero a partir de este momento, tengo doce años. No, mejor diez años. Puede que normalmente no dé para mucho más, pero esta vez quería de verdad volver a sentirme un niño. El museo estaba lleno de chavales, y estaba orientado para ellos, pero yo sabía lo que quería ver y lo que merecía la pena de ese pedazo de edificio. No me interesaban mucho los aviones, ni las explicaciones técnicas, ni los montajes del sistema solar, eso lo podía conseguir en la wikipedia o simplemente no me llamaba la atención. Sólo quería estar debajo de una nave Voyager, mirarla un rato y acordarme de los libros que leía en la cama y de los coleccionables de septiembre con cintas de Carl Sagan. "Cosmos" (el capítulo "Historias de viajeros") y algunas partes de "Un punto azul pálido": la exploración de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Allí estaba, colgando sobre mi cabeza, la tercera Voyager, la que nunca se lanzó al espacio y sirvió como campo de pruebas durante el principio de la misión.

La cápsula original del Apolo 11, un módulo lunar que no llegó a usarse y el avión original de los hermanos Wright andaban por allí, pero yo ya era feliz para todo el día, y quizás para cada vez que mire las fotos del museo del Aire y el Espacio. Y esto es sólo una pequeña parte de lo que se ve y se siente aquí en Washington, donde este país va guardando todo lo que cree que merece la pena conservar. Ver la ciudad desde el balcón frente a la tumba de Kennedy en el cementerio de Arlington, mirar atrás en el coche y ver esa tantas veces repetida imagen del Capitolio iluminado de noche mientras lo dejas atrás por la avenida Pennsylvania o leer sobre el papel original escrito a mano la Segunda Enmienda, la del derecho constitucional a llevar armas. Por no hablar de la parte más personal, como tener al lado a una descendiente del exilio de la nobleza del imperio Austro-húngaro, emparentada los Habsburgo de nuestro imperio y el suyo, enseñándome a comer con palillos en un restaurante coreano, mientras Alfreda y su hermano se parten el culo al ver el estilo español en la materia, o contar chistes sobre tópicos europeos en la cocina de la casa mientras nos ventilamos un vino dulce raro taiwanés.


Mañana será el último día y, si os digo la verdad, me apetece ver más cosas de Washington que nos quedan pendientes, pero posiblemente nos lleven a ver cosillas del estado de Maryland. No pasa nada, ya me da igual todo, casi creo que he visto más de lo que puedo asimilar. Y de la mayoría, tengo fotos.

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Por cierto, Washington es el único sitio donde puedes ver unos agentes de la EPA (Agencia de Protección del Medioambiente) haciendo de malos en la película de Los Simpsons por la noche en la tele, y llegarte al día siguiente a ver cómo es la sede de la agencia, enfrente del Museo Nacional de Historia Americana. Por no hablar de la foto que me encargó Álvaro Escalante, que ya la tengo ;^)

2 comentarios:

  1. No me puedo ni imaginar lo que has vivido por allí. Lo de tener diez o doce años lo comprendo perfectamente :D

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