jueves, 11 de noviembre de 2010

Saharabbey Road

Esta mañana, para variar, iba tarde al laboratorio. Eran las ocho y diez, y diez minutos, cuando está preparada una cadena de ratones y humanos que depende de la hora a la que dejes una llave en una caja, son mucho tiempo. Menos mal que estaba en el despacho Alfreda, la taiwanesa que me ha invitado a Acción de Gracias, y me ha podido llevar en coche hasta Meyer Hall a coger mis bichos para la tarea de hoy.

Cuando llegué de vuelta, entraba por la puerta mi jefe (supervisor lo llaman aquí). Es un hombre de unos cincuenta y tantos años, que nació en Irak, adonde su familia huyó durante la Primera Guerra Mundial desde Turquía, tratando de escapar al exterminio de su pueblo. El Imperio otomano, a punto de desaparecer, asesinó a  cerca de dos millones de personas de etnia armenia por todo el país, especialmente en la propia Armenia, que la nueva Turquía incorporó a su territorio. Los descendientes de los refugiados armenios están por todas partes, y hay comunidades muy importantes en Estados Unidos y otros países americanos, donde conservan su lengua y sus costumbres.

Hoy he pensado en todo eso, acordándome del medio millón de personas que forman uno de los pueblos maltratados por la historia y por las tiranías vecinas. La mitad de ellos viven en su tierra, bajo una bandera que no es la suya y que les fue impuesta por la fuerza. La otra mitad huyó durante la guerra de Marruecos contra el Frente Polisario, en interminables caravanas de civiles bombardeadas con napalm y fósforo blanco, y sobrevive de la ayuda argelina y española en varios campamentos en la región desértica de Tinduf (Argelia), en sus tiendas de campaña que no quieren convertir en casas para estar siempre preparados, como desde hace 35 años, para recoger la jaima y volver a sus ciudades.

Si alguien se está molestando en seguir la vergonzosa tragedia de estos días en El Aaiún, la capital del Sáhara Occidental, y en comprender la desesperante pasividad de algunos gobiernos (el nuestro) y el abierto apoyo a Marruecos por parte de otros (Francia), quizás agradezca poner cara, casa y sonrisa a estos pobladores del desierto. Bienvenidos a los campamentos de refugiados de Tinduf, donde varias generaciones de jóvenes saharauis se debaten desde hace meses y, especialmente, supongo, en estos últimos días, entre la paciencia y la guerra. Hace diecinueve años ganó la paciencia, y se firmó el alto el fuego. Ahora quizás piensen que sólo van a ser libres cuando no haya más que perder.

2 comentarios:

  1. Yo conozco el tema bastante bien porque por desgracia una compañera mía del insti, y luego de la facultad, es saharahui, de los niños que vienen a pasar el verano en España, y decidió quedarse porque allí no hay oportunidades de ninguna clase. Digo por desgracia porque lo deseable es que ninguna persona tuviera que huir perseguida del lugar donde ha nacido...
    Bueno, para animar un poco este tema tan depresivo, yo te animo a que le pidas a tu jefe, si es apañao, que te enseñe un poco de armenio, que es un idioma muy bonito y muy curioso con un alfabeto propio(aunque admito que soy la friki de los idiomas). Además seguro que ganas puntos.

    http://www.youtube.com/watch?v=GIv-zsvuG8w

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  2. Con "desesperante pasividad" te quedas corto. Ahora encima le harán más caso a lo de la detención de los periodistas de la SER que a los hechos realmente importantes que han ocurrido y siguen ocurriendo en el Sáhara.

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