lunes, 11 de octubre de 2010

Historias de gigantes


Aunque después ha habido alguna cosa más sin mucha importancia, se puede decir que hoy el día ha terminado en el condado de Calaveras, el nombre que el español Moragas le puso al río en el que vio los restos de una guerra entre indios. Viajábamos de vuelta a Davis, eran las ocho de la tarde, noche cerrada, y la luna, tal como la veis allí, ligeramente creciente, asomaba frente a nosotros, sobre la carretera y entre las copas de los pinos y cipreses del bosque. Poco a poco, el paisaje se abrió y pudimos ver, desde las colinas, parte del valle central de California iluminado. Fresno y Modesto, delante de nosotros, y las luces de San Francisco y el resto de la bahía, brillando desde detrás de las colinas de Berkeley y San Leandro. En el coche sonaba Nightswimming, de REM, y una vez más tuvimos que recordarnos unos a otros dónde estábamos en un globo terráqueo.


Vamos a pasar por alto las tres horas de ida, y tres de vuelta, conduciendo el coche (primer y último día que ocurre, prometido), y a tocar sólo un poco la visita a la magnífica Moaning Cavern, una cueva donde cabe la Estatua de la Libertad, dicen, pero yo dudo mucho que ella quisiera entrar ahí. En primer lugar, porque te clavan quince dólares por la entrada. En segundo lugar, porque sólo hay una cavidad, muy grande, sí, pero ni de broma como las de Nerja, con pocas formaciones que ver. Y en tercer lugar, porque se baja por una interminable y acojonante escalera metálica de caracol construida hace más de cincuenta años, bastante oxidada, de más de treinta metros de altura y que me ha recordado peligrosamente al puente de hierro de la Palomera. Por no hablar del sensor de oxígeno que llevaba el guía, consistente en una velita encendida en una mesa mientras hacía bromas en un dialecto americano que no entendíamos, y nos autorizaba a tocar todas las paredes de la cueva y lo que nos diera la gana.

Porque lo que de verdad ha merecido la pena ha sido llegar hasta el Big Trees State Park, un espacio protegido donde se pueden encontrar varios centenares de sequoias gigantes (Sequoiadendron giganteum, los árboles más grandes por volumen de madera, aunque no los más altos, por poco). Cuando empezamos el paseo por allí, que ha sido de un par de horas, nos íbamos preguntando cuál de aquellos árboles enormes sería una secuoya. Eran pinos ponderosa, pinos de azúcar, abetos y cedros de incienso. En el momento en que nos encontramos con la primera secuoya gigante, ya no hubo más dudas en el resto del camino.


No hay palabras para explicar lo que son esas plantas: son enormes, son diferentes a todo lo que se pueda haber visto antes. El volumen que tienen, el diámetro, los troncos huecos en la parte más baja si han sufrido fuegos, la corteza acolchada... Hemos podido disfrutar veinte o treinta, pero las hay a centenares en ese parque, en el que el árbol más alto es Agassiz, donde terminaba nuestro sendero. Para entonces nos dolía el cuello de mirar para arriba, y quedaba media hora para que empezara a anochecer, así que nos dimos la vuelta y fuimos desandando el camino por el bosque húmedo de coníferas, sin dejar de mirar cada gigante con el que volvíamos a cruzarnos. Os dejo algunas fotos, a pesar de la luz tan mala que había, porque es la única forma de hacerse una idea de lo que nos hemos encontrado en este trocito de la Sierra Nevada.

1 comentario:

  1. Creo que hubiese llorado al ver esos seres majestuosos... Alucinante la foto de la muchacha al lado de la mole de madera.

    ResponderEliminar