jueves, 23 de septiembre de 2010

Farmers Market y el otoño


Ayer, último día del verano, tuvo lugar, como cada miércoles, el mercado de los granjeros. En Central Park, la mancha verde que parte en dos la 4th st., se reúnen las familias y los grupos de amigos para pasar la tarde en el césped y merendar con las muchas cosas que se encuentran en los puestecillos, desde comida tradicional de algunos países hasta, y sobre todo, productos de las cooperativas locales y de huertos de particulares en los alrededores de Davis (que está en los últimos días de la recolección del tomate).

Una orquesta toca distintas clases de música, casi todas bailables, con un cierto toque de Luisiana o de un jazz un poco mezclado con ritmos más latinos, que viene a ser lo mismo. El caso es que de vez en cuando, alguna pareja se quita los zapatos y se anima a marcarse un bailecillo sobre el césped del jardín, mientras los demás nos tomamos nuestros helados del Yoloberry de enfrente.

El mercado tuvo un cierto tonillo nostálgico, porque casi todos los que estaban conmigo empezaban hoy las clases. El otoño, en Davis, trae a los estudiantes, y marca de forma exacta el inicio del curso. La presencia de bicis en el campus se ha convertido hoy en verdadero atasco, los aparcamientos (a cientos) están repletos y la policía se aposta en los cruces del downtown para vigilar que los novatos respeten las señales de stop (los "discos pare", como dicen nuestros compañeros chilenos).

Mi jefe Kevork se queja del fin de la tranquilidad en la escuela de Veterinaria, los ginkgos a la puerta del Hunt Hall empiezan a amarillear por el filo de las hojas y las mañanas se vuelven frías cuando vas a velocidad ciclista. Da gusto tener un pinchazo en esta ciudad, sólo por cómo te tratan en el taller, en las tiendas y en todas partes. ¿Cómo te va, el día bien? Que tengas feliz evening, nos alegra que vengas por aquí.

Un paseo por J st. en busca de cobertura para hablar con una amiga, a la sombra de esa preciosa conjunción de Júpiter y la Luna que estaréis disfrutando allá por el puente romano. Una charla con la mujer de la tienda de libros usados, un encuentro con una preciosa guía de las misiones españolas de la Alta California... una entrada sobre la última tarde de verano, que se nos hizo noche en el Central Park, metidos en nuestros polares, bajo el cielo que nos va llegando, nueve horas después, desde encima de vuestras cabezas.

2 comentarios:

  1. Me llama mucho la atención el estilo de vida que nos estás describiendo. Y no puedo imaginarme el cambio tan grande que debe experimentar un estudiante cualquiera que cambie finalmente un escenario de bicis y picnics multiculturales y orgánicos (como dicen ellos) por un mundo laboral desregulado y megacompetitivo, posiblemente en una ciudad mucho mayor, llena de tráfico y prisas. Podrías investigarlo.

    ResponderEliminar
  2. No sé si por tierras castellanas existe o no, pero si es como en Córdoba, creo que por fín vas a saber lo que es el otoño; esa estación de la que hablan los libros y que yo no conocí de verdad hasta que me fuí a vivir a la misma ciudad en la que ví nevar por primera vez en mi vida, cuando tenía ya más de veinte años.

    ResponderEliminar