sábado, 25 de diciembre de 2010

Epílogo: Monterey, sin avisar

Aparte de mis compañeros de la casa, la última persona de la que me despedí en Davis, por puro azar, fue Jeff, cuando ya teníamos el coche de alquiler que nos iba a llevar por media California. Adiós, adiós, un gustazo haberte conocido y tal, y de repente nos pregunta por dónde íbamos a movernos. Pues por ejemplo, por Monterey, el día 18. Oh, sorpresa, Jeff y su equipo español navideño (Olaya, Berta y Ana) también andarían por allí, de paso hacia el sur. 

Decidimos estar en contacto con Jeff hasta ese día y aparecer allí sin avisar al resto. El careto de Olaya cuando entramos por la puerta de su habitación de la Rodeway Inn no tenía precio. Y Monterey estaba tal y como lo dejamos unos meses atrás, lloviendo a mares en la ciudad y en las autovías de alrededor. Allí estaban también los mapaches del espigón junto a la cafetería de los crepes. Fue una bonita segunda oportunidad de despedirse, y vino sin buscarla, de casualidad. 

Por cierto, hubo otro careto curioso en aquella habitación, el de Berta. Si, yo también había perdido la esperanza de recuperar los cinco dólares que le dejé en aquella cena del Symposium, aunque hay que decir que la chiquilla quería devolvérmelos a través de Olaya. Pero mira, le ahorré el trámite, y no tuve ni que pedírselos. 

Saldada esa cuenta, esa noche doblamos otra vez la bandera americana (que espero que esté en Londres sana y salva) y al día siguiente seguimos carretera y manta, algunos por la última carretera hacia Davis, otra, con Jeff y compañía, all the way to Reno.

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