miércoles, 8 de diciembre de 2010
De puente (colgante)
Tampoco es que haya visitado muchas más ciudades de verdad en EE.UU., pero me da la impresión de que San Francisco tiene algo mágico. Al entrar en la ciudad por el larguísimo puente colgante de la bahía, el Bay Bridge, ves a lo lejos todos los rascacielos del centro, junto al Embarcadero, y el Golden Gate al fondo a la derecha, normalmente escondido entre la niebla. La carretera entra en la ciudad muy por encima del nivel del suelo, así que te sientes como si fueras volando entre los edificios acristalados, muchos de los cuales están coronados por una bandera americana.
Estaba tramado desde que salí de Davis a media mañana y, al final de Covell, antes de coger la autovía, pude ver los edificios de Sacramento como si estuvieran a un par de kilómetros: era el día más claro en bastantes semanas en el valle y, aunque eso no tenía por qué significar que lo fuera a ser también en la costa, pensé que si Mari no llegaba demasiado reventada del avión podíamos dar un rodeo en plan turístico.
Y venía fresca. Con lo cual, con el mapa que me dieron en AVIS (la negra simpática, claro, no la blanca empaná, a la que creo que no tendré ocasión de volver a ver) y un poco de imaginación, en vez de volver a Davis por el Bay Bridge nos fuimos para el norte por la 101, que cruza todo el centro de San Francisco como las travesías antiguas de las carreteras. Yo estaba acojonado con la idea de equivocarme en un giro y acabar en una de estas calles del 20% de pendiente, pero en realidad todo fue bastante simple.
Ya me hubiera gustado a mí que lo primero que hubiera hecho mi jefe al recogerme en el aeropuerto hubiera sido hablarme en español todo el rato y llevarme a ver el Golden Gate. Además, yo ya lo estaba deseando después de tres meses aquí y de dos visitas a la ciudad sin poder acercarme, y no me decepcionó. Me pasé el aparcamiento del lado sur (y de paso un peaje que no sé si debería haber pagado, la verdad), pero creo que valió la pena, porque desde el norte ves tanto la ciudad como el puente. Mi primera vez, faltando una semana para largarme de Davis, y espero que no sea la última.
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El 20% de pendiente lo vivió César -y yo de copiloto- en una calle de Estepa en la que apenas cabía el coche -tuvimos que doblar los retrovisores- y encima terminaba en escalones.
ResponderEliminar¿Y de Mari lo único que dices es que llegó fresca? Ni un detallito del momento reencuentro, hay que ver...
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