Lo que se pierde en aventura, se gana en tranquilidad. Este año no me paro a echarles fotos a las primeras ardillas que veo en el campus, ni me pierdo por Memorial Union, ni voy alucinando con la pinta de las casas. Llegas al supermercado y vas derecho a lo que te interesa sin tener que leer durante diez minutos las etiquetas de las cosas, compras las materias primas para los s'mores (que el año pasado no sabía ni lo que eran) sabiendo en qué estantería están, y te tiras una rato hablando de fútbol con el cajero al que el año pasado no entendías ni las buenas tardes. Porque eso sí, cada vez que sacas tu identificación (si no la enseñas, por supuesto, los botellines no salen del súper) ten por seguro que acabarás hablando de Andalucía, del Barcelona o de tu trabajo en la universidad.
El otro día estrené el Little Prague, un bar que no llegué a conocer el año pasado y a donde llegamos Mar (la granaína) y yo a la búsqueda de un grupo de españoles que parecen moverse en manadas nocturnas por Davis. Han sido vistos merodeando los pocos bares de aspecto medio mediterráneo que hay por aquí, y algunas barbacoas hispanoparlantes. La mayoría parecen ser post-docs, y daremos con ellos tarde o temprano.
El caso es que estando en Little Prague, última parada del recorrido por la Cerda y Crepeville aquella tarde, se me acercó Him (Duffman, en las fotos de Halloween) diciendo que qué carajo hacía yo por allí y que si me iba al día siguiente con él y unos amigos a Alameda. Al poco rato, cuando ya nos íbamos, apareció Jeff, y me pareció un viaje en el tiempo charlar con nuestro guía del año pasado, inventor de la expresión Spanish team.
También he vuelto a ver a Alison, que me ha prestado una bici que podría estar en un museo de la bicicleta, pero que si se porta bien lo mismo me la quedo para los tres meses, y por supuesto a los jefes, Jon y Kevork, con el que he llegado a un pacto de caballeros para no sacar demasiado el tema de Cesc Fábregas en el laboratorio, dado que es más del Arsenal que... que... que Jeff, por ejemplo, que llevaba la camiseta puesta la otra noche.
¿Que pierde un poco de encanto la estancia al conocer el lugar, la gente y las costumbres? Pues sí, pero no está pagado con dinero saber dónde tienes que ir y qué conviene hacer en la vida cotidiana. Aparte de entender al personal cuando habla, claro. Y por otro lado, la cuarta visita a San Francisco sigue siendo tan impactante como la primera, o quizás un poco más después de haber paseado por el barrio de Castro ayer por la tarde.
Además, me temo que mañana descubriré que no me voy a aburrir demasiado este año por aquí, visto el adelanto del plan de trabajo que me insinuó mi jefe el viernes. Pero eso será otra historia.
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PD. No me extraña que me pararan en la aduana. Menudos elementos me copian el nombre...
PD2. Acabo de ver un colibrí volando en el jardín desde la ventana de mi habitación. Porque este año, por si no lo he dicho todavía, mi habitación (WIN) da al jardín, no al gallinero.
Nos tienes que contar lo del barrio de Castro (Harvey Milk incluido). Y si puedes hacerle una fotazo al colibrí ya ni te digo...
ResponderEliminarNo vi mucho de Castro, la verdad, tengo que ir con más calma, pero es un puntazo, eso sí. De los mejorcitos barrios de San Francisco, muchísima vida y las casas muy cuidadas.
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