viernes, 21 de enero de 2011

El alma del norte y el cabo Mendocino


Daba un poco de miedo sólo de pensar dónde estábamos y lo que quedaba todavía por andar hasta llegar al hostal. Habíamos pasado Laytonville hacía unos minutos, y la 101 alternaba tramos de autovía con interminables travesías y zonas de curvas con doble sentido. Después de salir de Davis por la mañana, habíamos visitado el valle de Napa un poco de pasada, y luego todo había sido carretera y bocata.

La noche nos había pillado más allá de las últimas ciudades dignas de ese nombre, y los carteles, bares y atracciones de Willits fueron casi una despedida de la civilización antes de entrar en un limbo entre dos mundos, que en la oscuridad se hacía todavía más impresionante. Una hora y media de coche, metidos en una niebla que no dejaba ver a más de cien metros, que comenzaba en lo que todavía podíamos llamar California, la parte lluviosa de un mundo que conocíamos, pero que desembocaba en algo muy distinto. El alma del lugar que hay más al norte de las últimas reservas indias del condado de Mendocino no tiene nada que ver con el estado en el que se encuentra: lo que hay allí son los primeros pasos que se pueden dar en el gran norte, la tierra de los bosques primarios, de los puentes interminables sobre estuarios de kilómetros de anchura, de los pequeños pueblecitos de madera temblando en el invierno entre los abetos.

A ratos, la ruta 101, en vez de ser la autovía que cortaba el paisaje y se llenaba de coches volando como balas, se convertía en una pequeña carreterilla sin arcén que serpenteaba por el bosque. Y de pronto, a medio metro del asfalto, un tronco de corteja rojiza, enorme, marcado con un reflector (lo que Olaya llamaría catadióptrico) para evitar que te lo comieras enterito. Fue sólo el primero de los muchos que vimos, y de hecho parecía que eran las redwood las que condicionaban, con la disposición de los árboles más viejos, el trazado de la carretera, formando un muro verde cuyo final no se podía distinguir entre la bruma. Eran las primeras reservas naturales de secuoya costera, un aperitivo de lo que íbamos a ver al día siguiente.

Como contar el encuentro con las redwood milenarias sería todavía más largo y complicado de lo que está siendo hablar del simple viaje, me lo guardo para cuando me apetezca. El día, después de ver los árboles, acabó en el Finisterre californiano, el cabo Mendocino. Yo me pensaba que siendo el sitio más occidental, un lugar tan señalado, sería un punto turístico más o menos importante y bien comunicado. Y una mierda. Una vez que dejas el pueblecito victoriano de Ferndale lo único que hay es casi una hora de carretera mal asfaltada, estrecha, llena de baches/agujeracos y a ratos, directamente, reducida a un solo carril porque el otro se ha ido por el barranco. Ni una indicación te iba diciendo dónde estabas, y como nuestro mapa no era tampoco la guía Michelin, empezábamos a pensar que nos habíamos pasado hacia el sur hasta el río Mattole, cuando aún nos faltaban unos kilómetros para llegar al cabo.

La recompensa fue un lugar alejado de todo, con un puñado de vacas en las colinas, un montón de rapaces nuevas en el cielo y la única tarde despejada que tuvimos en una semana de road trip. Lo disfrutamos el tiempo que quisimos, sabiendo que es raro que el Pacífico se deje ver de esa manera al final del otoño. Me volví a acordar del libro que leí antes de la estancia, el que contaba cómo los galeones españoles que llegaban de Filipinas alcanzaban la costa americana a la altura de aquel cabo que llevaba el nombre del primer virrey de México, Antonio de Mendoza, y luego bajaban costeando hasta los puertos mejicanos, pasando por San Francisco y Monterey, normalmente sin detenerse. Ellos se lo perdían.


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