Daba un poco de miedo sólo de pensar dónde estábamos y lo que quedaba todavía por andar hasta llegar al hostal. Habíamos pasado Laytonville hacía unos minutos, y la 101 alternaba tramos de autovía con interminables travesías y zonas de curvas con doble sentido. Después de salir de Davis por la mañana, habíamos visitado el valle de Napa un poco de pasada, y luego todo había sido carretera y bocata.
La noche nos había pillado más allá de las últimas ciudades dignas de ese nombre, y los carteles, bares y atracciones de Willits fueron casi una despedida de la civilización antes de entrar en un limbo entre dos mundos, que en la oscuridad se hacía todavía más impresionante. Una hora y media de coche, metidos en una niebla que no dejaba ver a más de cien metros, que comenzaba en lo que todavía podíamos llamar California, la parte lluviosa de un mundo que conocíamos, pero que desembocaba en algo muy distinto. El alma del lugar que hay más al norte de las últimas reservas indias del condado de Mendocino no tiene nada que ver con el estado en el que se encuentra: lo que hay allí son los primeros pasos que se pueden dar en el gran norte, la tierra de los bosques primarios, de los puentes interminables sobre estuarios de kilómetros de anchura, de los pequeños pueblecitos de madera temblando en el invierno entre los abetos.
La recompensa fue un lugar alejado de todo, con un puñado de vacas en las colinas, un montón de rapaces nuevas en el cielo y la única tarde despejada que tuvimos en una semana de road trip. Lo disfrutamos el tiempo que quisimos, sabiendo que es raro que el Pacífico se deje ver de esa manera al final del otoño. Me volví a acordar del libro que leí antes de la estancia, el que contaba cómo los galeones españoles que llegaban de Filipinas alcanzaban la costa americana a la altura de aquel cabo que llevaba el nombre del primer virrey de México, Antonio de Mendoza, y luego bajaban costeando hasta los puertos mejicanos, pasando por San Francisco y Monterey, normalmente sin detenerse. Ellos se lo perdían.
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